Medianoche en Dostoievski (fragmento)Don DeLillo

Medianoche en Dostoievski (fragmento)

"Esperábamos durante los largos silencios y luego asentíamos cuando él tosía, aprobándolo colectivamente. Solo había tosido dos veces hasta ahora, hoy. Tenía una tirita arrugada en el borde de la mandíbula. Se afeita, pensamos. Se corta y exclama mierda. Pliega un trozo de papel higiénico y presiona con él la herida. Luego se inclina hacia el espejo, viéndose con claridad por primera vez en años. Ilgauskas, piensa.
Nunca ocupamos el mismo sitio dos clases seguidas. No teníamos muy claro cómo había empezado eso. Uno de nosotros, en un impulso de travesura informal, quizá corriera la voz de que Ilgauskas lo prefería así. De hecho, la idea se tenía en pie. Él no quería saber quiénes éramos. Éramos transeúntes, para él, rostros manchados de grasa, víctimas de atropellos de tráfico. Era característico de su enfermedad neurológica, pensábamos, considerar desplazables a los demás, y ello parecía interesante, parecía incluido en la asignatura, desplazabilidad, una de las funciones de la verdad que de vez en cuando mencionaba.
Pero estábamos infringiendo la norma, la chica tímida y yo, otra vez sentados frente a frente. Era así porque yo había entrado más tarde en el aula y sencillamente me había dejado caer en el asiento vacío que había frente a ella. Era consciente de mi presencia, sabía que era yo, el mismo chico de la boca abierta, deseando establecer contacto ocular con ella.
—Imaginemos una superficie sin color ninguno —dijo él.
Ahí sentados, imaginamos. Él se pasó una mano por el pelo oscuro, una masa hirsuta que caía en varias direcciones. No traía libros a clase, nunca el menor conato de texto ni de papeles con notas, y sus arrastrados discursos nos hacían creer que estábamos convirtiéndonos en lo que él veía ante sus ojos, una entidad amorfa. Era, básicamente, que no teníamos condición. Lo mismo le habría dado dirigirse a prisioneros políticos enfundados en monos de paracaidista de color naranja. Admirábamos eso. Estábamos en Las Celdas, a fin de cuentas. Nos mirábamos, ella y yo, alternativamente. Ilgauskas se inclinó hacia la mesa, con los ojos rebosantes de vida neuroquímica. Miraba a la pared, le hablaba a la pared.
—La lógica termina donde termina el mundo.
El mundo, sí. Pero él daba la impresión de estar hablando de espaldas al mundo. Aunque, claro, el tema no era historia ni geografía. Estaba instruyéndonos en los principios de la razón pura. Escuchábamos atentamente. Una observación se disolvía en la siguiente. Era un artista, un artista abstracto. Hacía una serie de preguntas y nosotros tomábamos serias notas. Las preguntas que hacía eran incontestables, al menos para nosotros, y él no esperaba respuestas en ningún caso. No hablábamos en clase; nadie hablaba nunca. Nunca surgía ninguna pregunta de alumno a profesor. Una tradición inalterable había muerto en esta aula.
—Hechos, imágenes, cosas —dijo.
¿Qué quería decir con lo de «cosas»? Probablemente nunca lo sabríamos. ¿Acaso éramos demasiado pasivos, aceptando en exceso a aquel hombre? ¿Veíamos una disfunción y la tomábamos por una forma inspirada de inteligencia? No queríamos gustarle, solo queríamos creer en él. Entregábamos nuestra más profunda confianza a la naturaleza severa de su método. Ni que decir tiene que no había método alguno. Solo había Ilgauskas. Desafiaba nuestra razón de ser, lo que pensábamos, cómo vivíamos, lo verdadero o falso de lo que creíamos verdadero o falso. ¿No es eso lo que hacen los grandes maestros, los maestros del zen y los sabios brahmanes?
Se inclinó sobre la mesa y habló de significados establecidos de antemano. Escuchamos con ganas y tratamos de comprender. Pero comprender, en este momento del curso, cuando ya llevábamos meses, habría resultado confuso, por no decir una especie de desilusión. Dijo algo en latín, con las palmas de las manos apoyadas en el tablero de la mesa, y a continuación hizo algo extraño. Nos miró, deslizando la mirada primero por una hilera y luego por la otra. Ahí estábamos todos, siempre estábamos ahí, con nuestras personalidades amortajadas. Al final levantó la mano y miró el reloj. No importaba qué hora fuese. El mero gesto indicaba que la clase había terminado.
Permanecimos ahí sentados, ella y yo, mientras los demás recogían los libros y los papeles y los abrigos que habían colocado en el respaldo de sus asientos. Era pálida y delgada, con el pelo recogido hacia atrás, y me vino la idea de que quería parecer neutral, para así desafiar a los demás a que se fijaran en ella. Colocó su libro encima de su cuaderno, ajustando con precisión el uno al otro, luego levantó la cabeza en espera de que yo dijera algo. "



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