Úrsula Mirouët (fragmento)Honoré de Balzac

Úrsula Mirouët (fragmento)

"La habitación de la señora de Portenduère, la más triste de toda la casa, daba al patio; pero la viuda se pasaba la vida en la sala de la planta baja, que comunicaba por medio de un pasillo con la cocina, construida al fondo del patio; de suerte que esta sala servía a la vez de salón y de comedor. Aquella habitación del difundo señor de Portenduère permanecía en el estado en que se encontraba el día de su muerte: no faltaba en ella más que el difunto. La señora de Portenduère había hecho ella misma la cama, y puso encima el traje de capitán de navío, la espada, el cordón rojo, las condecoraciones y el sombrero de su marido. La petaca de oro de la cual el vizconde tomó su última pulgarada de rapé se encontraba encima de la mesilla de noche, con su libro de oraciones, con su reloj y la taza en la que había bebido. Sus cabellos blancos, enmarcados y dispuestos en un solo mechón, estaban suspendidos encima del crucifijo con pila de agua bendita colocado en la alcoba. En fin, las chucherías de que se servía, sus periódicos, sus muebles, su escupidera holandesa, sus prismáticos de campaña colgados de la chimenea, no faltaba nada. La viuda había parado el viejo reloj en la hora de la muerte, e indicaba esta hora para siempre. Todavía se percibía en la habitación el olor de la pólvora y del tabaco del difunto. El hogar de la lumbre estaba tal como él lo había dejado. Entrar allí equivalía a volver a verle, encontrando de nuevo todas las cosas que evocaban sus costumbres. Su gran bastón con puño de oro permanecía en el sitio en que lo había dejado, así como sus gruesos guantes de piel de gamo, cerca del bastón. Encima de la consola brillaba un jarrón de oro groseramente cincelado, pero valorable en mil escudos, ofrecido por La Habana, que, cuando la guerra de la independencia americana, había sido preservada por él de un ataque de los ingleses, ya que el señor de Portenduère se batió contra fuerzas superiores, después de haber hecho entrar a buen puerto el convoy que se hallaba bajo su protección. Para recompensarle, el rey de España le nombró caballero de sus órdenes. Ascendido por este hecho en la primera promoción al grado de jefe de escuadra, obtuvo el cordón rojo. Seguro entonces de la primera vacante, se casó con su mujer, rica en doscientos mil francos. Pero la Revolución impidió su ascenso, y el señor de Portenduère emigró. "


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