El condenado número 437 (fragmento)Wladyslaw Reymont

El condenado número 437 (fragmento)

"La noche era cálida, apacible.
Pálidas estrellas brillaban en los abismos del cielo; y de la tierra, brumosa, ascendía el canto de los ruiseñores acompañado por el coro de las ranas. El pueblo dormía, sin aliento.
Sólo él velaba.
Cuando estuvo bien seguro de que nadie lo vería salió del escondite en que se había refugiado después de su fuga del parque. Ni una luz. Ni una voz.
La aurora estaba lejos aún.
—Mañana… —pensaba— dentro de algunas horas… ¡Y después el mundo! ¡El ancho mundo!…
Como en sueños, se acercó al monasterio y tomó el camino de la aldea. Andaba lentamente, por en medio de la senda, no sabiendo ya adónde iba, olvidando todo peligro.
Por las abiertas ventanas de las chozas se escapaban ronquidos, y, de trecho en trecho, en los huertos, blanqueaban sombras vagas.
Miraba todas las puertas, todas las casas, con el aire extraño de un hombre que ya no puede volver en sí. Se apoyaba en los cercados de piedra, se detenía un momento, reemprendía su fatigosa marcha.
A veces gruñía un perro, dormitando; un caballo se removía en su cuadra; las aves, agitaban sus alas en un corral, y, luego, se hacía tal silencio, que paseaba sus miradas a su alrededor, espantado.
Su pensamiento estaba ausente. Sentía el choque de su corazón presa del mismo desfallecimiento que recordaba haber experimentado ya una vez en la vida. Pasada la última casa, se sentó en la orilla del camino, al pie de una vieja cruz sin brazos, y contempló, atontado, los campos humeantes.
Un momento después del primer canto de los gallos, las estrellas se nublaron, y muy pronto, al Este, el azul oscuro del cielo se aclaró. Por allí venía el sol. Aún estaba lejos… lejos… Juan permanecía inmóvil, invadido por un sopor, entre sueño y vigilia, hundiéndose más y más en el vacío que se abría en su alma.
Llegaba el día. Las nieblas caían poco a poco. La llanura se ponía gris; las masas de árboles y las habitaciones, negras.
Juan se levantó maquinalmente y volvió a casa de su madre, por el pueblo. Ya distinguía en los patios las puertas entreabiertas de los hórreos y las gentes que dormían.
Todo se callaba aún. Le parecía escuchar el rocío que goteaba de hoja en hoja.
La anciana estaba sentada en el umbral, con su rosario en la mano. Nasta dormitaba en un banco.
—Ya es hora —dijo él con voz sorda.
—Ya es hora —repitió la vieja. Ésta despertó a Nasta. Tomaron a cuestas sus paquetes y salieron.
Tekla se extenuaba llorando. El perro, aullando; pretendía romper su cadena. Juan lo desató; pero en lugar de seguirlos, huyó por el camino y se puso a ulular.
Cruzaron el corral y, a través de los campos, se encaminaron hacia la selva.
Ninguno de ellos decía una palabra, ni se volvían para volver a ver la casa, ni se quejaban; pero, de vez en cuando, una mano pasaba acariciadora por las espigas, y un pecho se estremecía con el estremecimiento de las mieses.
Y el viento del Oeste, meciendo los trigos los inclinaba hasta sus pies. —«¡Quedaos, amos, quedaos!»— murmuraban llorando su rocío.
Y los perales silvestres tendían hacia ellos sus brazos nudosos. Y las claridades rosadas de la aurora hacían de las gotas de agua lágrimas sangrientas.
Andaban, corrían, como malhechores que se evaden, mudos de angustia y de espanto. Pero cuando estuvieron en la encrucijada en que Cristo, sobre la cruz, extendía su cuerpo sacrificado, les faltaron las fuerzas y cayeron de rodillas, con desgarradores sollozos. Luego, se sentaron para reposar.
—¡Ya no te veré más, país mío, tierra mía! —decía la Winkorkowa—. ¡Ya no te veré más! —Y sus turbios ojos abrazaban con una larga mirada la aldea y los campos, todo aquel mundo de ella, sobre el cual lucía el día, llenándose de aquella visión que se llevaba en su corazón como un postrer sacramento, como un supremo viático para su lejano camino.
Ya era hora. Era preciso partir; pero las dos mujeres no terminaban sus adioses. Prosternadas sobre la tierra maternal, besaban su seno sagrado.
—¡Vamos, madre; vamos, Nasta! Ya es de día y nos van a ver —gritaba Juan con impaciencia.
En fin, bajo la cubierta del bosque, llegaron al silo en que Juan había estado ya escondido. Era allí donde debían esperar el guía. Y como estaban tronzados de fatiga, se durmieron con un profundo sueño. "



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