El soñador (fragmento)Wladyslaw Reymont

El soñador (fragmento)

"La señora Sofía cerró la puerta del comedor con un tremendo portazo que hizo temblar las paredes; pareció calmarse y volvió a su pose de antes. Empezó a hablarle a Josio de su soledad y de la falta de un alma hermana, hasta que consiguió que él la mirara compasivamente.
—No poder hablar con nadie, no poder quejarse ni llorarle a nadie. Imagínese usted lo sola que me encuentro —le decía.
—¿Y su marido? —le soltó Josio para terminar de una vez con aquella cantinela absurda y llorona.
—¡Mi marido! —exclamó Sofía con una risa insultante—. Mi marido viene a casa sólo a dormir, a jugar con el perro o con la sirvienta y a ensañarse conmigo. ¿Qué puedo tener yo en común con él? Si no fuera por las circunstancias... Si no fuera por mi orfandad...
—Pues él me comentó en una ocasión que usted se había casado con él por amor —sondeó Josio.
—¡Mentira! ¡Falso! —contradijo ella con vehemencia—. ¡Cómo se le ocurre que pudiera yo amar a semejante monstruo! Me casé con él por desesperación... porque era una pobre huérfana recogida por unos parientes, porque estaba solita en el mundo y era tan desgraciada, que me vi obligada a aceptar este matrimonio desigual. Yo me apellido Kijaszewski, y no me educaron para ser la esposa de un tal Soczek, de profesión maquinista ferroviario. Dios mío, no soñaba yo con una vida como ésta, no —sollozaba restregándose los ojos.
Mentía más que la gaceta, porque Josio sabía de buena tinta que se apellidaba Kijaszek, que era hija de un guardagujas y que se avergonzaba de sus propios padres; no obstante, siguió escuchándola con la mayor atención, le besó la mano y le dijo con lástima simulada:
—¡Pobre alma! Ignoraba que el señor Soczek se comportara en el hogar de un modo tan lamentable.
—¿Lamentable?... ¡Un grosero, un bruto, un villano, un borracho y un mujeriego! —soltó la mujer de una sola parrafada—. Se le pondrían los pelos de punta si le contara yo lo que quiso hacer de mí cuando le suspendieron de empleo y sueldo por haber entrado en la cantina con la máquina del tren. Sabe, invitó a tomar el té al jefe de la comisión investigadora, me ordenó que me acicalara bien acicalada y nos dejó solos a propósito. Si no fuera porque soy una mujer decente...
—Hay un tufo extraño en esta habitación, algo se está quemando —observó Josio, echando una mirada inquieta a su alrededor.
Sofía olfateó y comprendió de inmediato que la sirvienta había vuelto a calentar el samovar con carbón de piedra, así que corrió hacia la cocina, donde no tardaron en oírse portazos, chillidos, ruidos de platos rotos y los ladridos enconados del perro.
Volvió sofocada, roja como una remolacha, y se dejó caer sobre la silla entre resuellos.
—¡Dios mío, qué desgraciada soy! ¡Ten cuidado, que vas a romper el samovar! —le grito a Magda, que volaba por la habitación como una locomotora jadeante.
Harto de todo aquel espectáculo, Josio se dispuso a marcharse.
La mujer saltó hacia la puerta como una pantera y la cerró con sus fuertes hombros.
—No lo voy a dejar marchar. He esperado tanto este momento. Tengo tantas cosas que decirle. Sólo usted me comprende. Quédese un poco más —susurraba febrilmente. "



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