Wenzel (fragmento)Robert Walser

Wenzel (fragmento)

"La carta es enviada. Mientras, se memorizan varios papeles. El joven optimista se pone un chaleco de terciopelo que su padre solía usar en los matrimonios. Sobre los hombros se echa un viejo abrigo de su tío, comprado en una ciudad a orillas del Mississippi, y en torno a las caderas se ciñe un chal glaronés. La cabeza recibe una cobertura adecuada, es decir un chambergo de fieltro rematado por una pluma de pato salvaje. La mano ha sabido agenciarse una terrible pistola, y las piernas van ceñidas por un par de botas de guardabosque. Así engalanado ensaya el personaje de Karl.
Y poco después llega volando la respuesta desde la villa del príncipe de las artes: «Querido y joven amigo, cuídese mucho de las carreras teatrales, que son engañosas. Créame que lo hago por su bien si intento disuadirle de entrar en ese mundo de palabras altisonantes, bellos ademanes y trajes brillantes. Las apariencias le han seducido. Siga usted siendo un solícito y modesto ciudadano, y lea sólo a los clásicos, pero tranquilamente y sin tomar el contenido de esos hermosos libros más en serio de lo que resulta sano y razonable».
Sano y razonable. No son éstas palabras capaces de consolar ni apaciguar a un corazón abrasado por el arte. Wenzel visita al director del teatro municipal de Twann y le suplica que lo lleve en sus tournées. Podría incluso cargar cestos o repartir tarjetas. Está a punto de decir que, llegado el caso, también podría lustrar zapatos, pero no tiene valor para dejar que sus labios formulen algo semejante. Un bigote español le responde: «Querido joven, me es imposible asumir tal responsabilidad».
Muchas personas de dieciocho años hay en el mundo; algunos se dejan aconsejar, pero otros no escuchan una sola palabra, por inteligente que sea. Y Wenzel quiere salirse con la suya. Escribe: «¡Noble señor y maestro!», y, bajo este epígrafe, dirige una carta a un actor capitalino de casi primerísima calidad. Luego viene la prueba del talento. Al examen asisten unas cuantas coronas de laurel empolvadas, una mujer que evoca extrañamente la Alemania del norte y las novelas de la Gartenlaube, y él mismo, el comediante, que aparece bello como un sol, con una cara que hace pensar en un retrato. La visita concluye melancólicamente. "



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