Las raíces del cielo (fragmento)Romain Gary

Las raíces del cielo (fragmento)

"En todos los poblados oulés que fueron atravesando a lo largo de su recorrido fueron recibidos con un gran entusiasmo. En Valé, una muchedumbre los rodeó bailando al grito de komun, «elefante», que resonaba con un tono especialmente triunfante debido al hecho de que algunos jóvenes de la tribu venían de saquear el dispensario abierto en un poblado vecino a causa de la epidemia de encefalitis que asolaba toda la región. Habían apaleado a los enfermeros y prendido fuego al almacén de medicamentos. Les siguieron por toda la pista, adelantándoles a veces en el colmo de la excitación, sin dejar de cantar y bailar. Pero al llegar al siguiente poblado, Morel y los suyos sólo encontraron un absoluto silencio. Las chozas parecían completamente vacías y abandonadas. Sólo vieron algunos perros que les ladraron al pasar y a unos cuantos niños con los vientres hinchados a la puerta de las chozas cónicas construidas en los alrededores del bosque. Nada más entrar con los caballos en el poblado, vieron venir hacia ellos, desde el lado opuesto, un hombre que parecía haberles estado esperando en la plaza desierta. Era un blanco que sujetaba firmemente una carabina e iba escoltado por dos soldados negros armados con sendos fusiles. Era el administrador Herbier, que se hallaba en viaje de inspección por la región. Conocía desde hacía tiempo la histeria que se apoderaba de los oulés en la época de las fiestas rituales y había sido informado de los desórdenes por los enfermeros del dispensario que, aunque apaleados y asustados, se hallaban sanos y salvos. Herbier había acudido inmediatamente a Gola con su «tropa»: dos guardias massa que estaban con él desde hacía tres años. Cuando vio al grupo de jinetes entrar en el poblado, seguido por los jóvenes que, aunque extenuados tras una carrera de veinte kilómetros, aún tenían fuerzas para blandir sus lanzas y saltar y gritar de vez en cuando, movilizó a su tropa y salió a su encuentro a través del poblado vacío, con el dedo en el gatillo y apuntándoles con el cañón. Korotoro, con una mueca especialmente alegre, había apuntado al administrador cuando lo vio avanzar hacia ellos y permaneció en esta postura durante todo el tiempo que estuvieron allí. Con su bigote a cepillo y su barriga, Herbier no tenía ni el físico ni el porte que correspondía a su cargo, pero era difícil no admirar su valor. Los jóvenes lanzaron aún algunos gritos amenazadores, pero no tardaron en callarse y en refugiarse detrás de los caballos.
—Espero que no te hagas ninguna ilusión sobre lo que te espera, Morel —dijo el administrador—. Aunque me imagino que te importa un bledo. Cuando uno va de ingenuo, tiene todas las de ganar. Tú ganarás: recibirás una bala en el pellejo, te lo digo yo. "



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