La boda de Chon Recalde (fragmento)Gonzalo Torrente Ballester

La boda de Chon Recalde (fragmento)

"El almirante Etcheberri vestía de gris: un terno impecable, de corte anticuado, con el que había pasado por elegante algunos años atrás y que ahora guardaba en su exiguo guardarropa para las ocasiones, como aquélla, en que no convenía vestirse de uniforme. El teniente de navío Seoane también había venido de paisano y también su traje era de color gris, aunque un poco más oscuro que el del almirante y de corte moderno. A Chon le gustaba más de uniforme, pero no se oponía a las ropas civiles. El teniente de navío Seoane tenía también un traje azul, y una combinación de chaqueta deportiva con pantalón gris claro, y por su cabeza andaban los proyectos de otros trajes y otras combinaciones, pero no eran más que proyectos: el sueldo no daba para más, y la cuenta del sastre, pagada puntualmente los cinco de cada mes, no podía ni debía incrementarse, habida cuenta de que lo que le pudiera corresponder en herencia era intocable.
—Ustedes, los que viven en los barcos de ahora, son verdaderos señoritos. Todo se arregla, según tengo entendido, tocando unos botones. En mis tiempos, las cosas eran de otra manera: todo había que hacerlo a mano, y antes de cada viaje los oficiales jóvenes teníamos que presentarle al comandante la derrota del día con el máximo rigor. Luego nos tocó mandar veleros, y usted no sabe lo complicado que es eso, en unos barcos donde cada cosa tiene su nombre y donde cada situación su vela o sus velas. Menos mal que siempre había a mano un contramaestre que se las sabía todas y del que íbamos aprendiendo. Aun así, lo de llevar un barco de vela no se lo quiero a mi peor enemigo. Hubo ocasiones en que no se sabía lo que iba a ser de nosotros en el minuto siguiente. Usted dirá que ahora pasa lo mismo; pero no es igual hallarse ante un mar encrespado con unos buenos motores y unas buenas hélices, que no disponer más que de unas velas y de la ayuda de Dios.
El almirante retirado Etcheberri habló también aquella noche de su remota experiencia en la isla de Cuba, y de lo que es sentirse derrotado por un enemigo superior cuyos barcos pueden disparar impunemente a sabiendas de que no van a ser tocados.
—Le aseguro, señor Seoane, que toda mi ciencia de la mar me viene de las duras experiencias pasadas aquí y allá. Las batallas navales se plantean hoy de manera muy distinta, y yo he pasado muchas horas ante los planos de las batallas habidas en este siglo. Pero la guerra es una cosa que cambia, y la mar es inmutable. Lo de tener un barco enfrente y escapar a sus impactos es una ciencia que puede cambiar mucho; pero lo de hallarse solo frente a una mar embravecida, sin más ayuda que la de Dios, eso, se lo aseguro, no cambiará nunca. Mientras haya mar y barcos, mientras a la mar se le hinchen los morros, los barcos serán siempre como cáscaras de nuez. Hoy, mañana y siempre, las olas se pueden tragar a uno de ellos con la misma sencillez y la misma tranquilidad con que yo bebo este whisky. Todo puede cambiar, menos esa superioridad de la mar sobre los barcos que la surcan.
A la señorita Elvira Seoane la sentaron a la derecha del almirante; a la izquierda se sentó Cristina. Después venían los novios; enfrente, la tía. La sopa, guisada por Chon, recibió muchos elogios, empezando por el de su autora. La carne, asada por Cristina, no pasó de lo vulgar. Fue a los postres cuando la tía se puso colorada, porque los postres habían corrido de su cuenta. También los vinos fueron muy elogiados, y sobre el color del tinto el almirante hizo algunas observaciones. El teniente de navío Seoane no había abierto la boca, por lo que fue tenido por discreto, salvo por su novia, que lo encontró algo soso. Tampoco Elvira hizo un uso excesivo de sus conocimientos, pues, aunque el almirante se equivocase en una fecha, por su edad tenía derecho a la confusión o al olvido, y no era cosa de corregirlo. "



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