L´Arrabbiata (fragmento)Paul von Heyse

L´Arrabbiata (fragmento)

"Antes que el camino se perdiese allá arriba por entre tapias, se detuvo ella un momento como para tomar aliento y volvió la cabeza. El barrio marinero quedaba abajo, a sus pies. En derredor se alzaban las ásperas y escarpadas rocas, y el mar refulgía de esplendente azul; era un espectáculo digno en verdad de contemplarse. El azar dispuso que su mirada, al posarse sobre la barca de Antonino, se encontró con la que éste había dirigido hacia ella. Ambos esbozaron ese gesto de las personas que quieren disculparse de algo sucedido por equivocación, tras de lo cual, la muchacha prosiguió su camino con aspecto sombrío.
Faltaba tan sólo una hora para el mediodía, y ya estaba sentado Antonino en un banco ante la taberna del pueblo desde hacía dos. Algo debió de venírsele de pronto a las mientes, pues saltó de su asiento, echó a andar a pleno sol y escudriñó atentamente los caminos que a derecha e izquierda conducen, respectivamente, a dos pueblecitos de la isla.
—El tiempo está dudoso —dijo a la patrona de la hostería—. Parece despejado, pero yo conozco bien estos colores del mar y el cielo. Precisamente los observé antes que descargase la última galerna, cuando me las vi y me las deseé para poder llevar a tierra a aquella familia inglesa. Lo recordaréis, seguramente.
—No —dijo la mujer.
—Pues hoy os acordaréis de mí cuando cambie el tiempo antes del anochecer.
—¿Hay muchos señores allá? —preguntó la tabernera, después de una pausa.
—Ahora, precisamente, comienza a haberlos. Hasta ahora tuvimos mal tiempo. Los que vienen por los baños prefieren esperarse.
—La primavera llega con retraso. ¿Habéis ganado allí más que nosotros aquí, en Capri?
—Si yo me hubiese dedicado solamente a la barca, no habría tenido ni para comer macarrones dos veces por semana. De cuando en cuando llevar una carta a Nápoles, o dar un paseo por el mar a un señor que quería pescar con caña, esto era todo. Pero ya sabéis que mi tío posee grandes naranjales, y es un hombre rico. «Tonino —dice—, mientras yo viva, no has de pasar penas, y después, también me preocuparé de ti». Así he pasado este invierno, con la ayuda de Dios.
—¿Tiene hijos vuestro tío?
—No. No se casó y estuvo mucho tiempo en el extranjero, donde reunió buenas pesetas. Ahora tiene en proyecto montar una gran factoría de pesca y quiere ponerme al frente del negocio, para que lo vigile.
—Veo que sois un hombre de buen porvenir, Antonino.
El joven barquero se encogió de hombros.
—Todos tenemos que llevar nuestra carga —dijo.
Se levantó de un salto y miró de nuevo a derecha e izquierda, oteando el tiempo, aunque debía de saber que éste sólo tiene un punto de origen en el cuadrante.
—Os traeré una botella más. Vuestro tío puede pagarla —dijo la mesonera.
—No, no; solamente un vaso. Tenéis un vino demasiado fuerte; mi cabeza está ya ardiendo.
—No entra en la sangre. Podéis beber cuanto queráis. Precisamente llega ahora mi marido, con quien tenéis que sentaros y charlar un ratito.
Venía, en efecto, bajando de la altura el gallardo padrone de la posada, con la red colgada de la espalda y la roja gorra sobre los ensortijados cabellos. Había llevado a la ciudad el pescado que le había encargado la noble señora de marras, para obsequiar al párroco de Sorrento. Cuando le divisó el joven barquero, le dirigió con la mano una cordial bienvenida, se sentó a su lado en el banco y comenzó en seguida a preguntar y a contar cosas.
Traía, precisamente, su mujer una segunda botella de legítimo Capri cuando la arena de la playa crujió a la izquierda de ellos y vieron venir a Laurella por el camino que trae de Anacapri. Saludó con un breve gesto y se quedó en pie, encerrada en un indeciso mutismo. "



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