Como de la familia (fragmento)Paolo Giordano

Como de la familia (fragmento)

"El material más preciado estaba amontonado detrás de un biombo lacado con motivos orientales: una cincuentena de telas, todas auténticas y de distintas dimensiones. Sé a ciencia cierta que allí había obras de Aligi Sassu y de Romano Gazzera, al menos un par de la escuela de Felice Casorati y algunas del período futurista, aunque no de los exponentes más conocidos. La señora A. me habló también de un óleo de Giuseppe Migneco, Gli sposi, que ni Renato ni ella habían querido vender nunca, pese a la insistencia de un médico que año tras año aumentaba la oferta: aquel cuadro, decía, la hacía pensar en su matrimonio, y también en Nora y en mí.
En realidad, no llegué a contemplar ni uno solo de aquellos lienzos. La señora A. me enseñó únicamente los envoltorios de papel, todos iguales, y la única vez que me aventuré a echar un vistazo por la rendija de algún paquete, dio un paso para detenerme. No volví a intentarlo.
—¿Qué piensas hacer con todas estas cosas? —le planteo el día de la visita con Emanuele, señalando con un gesto la habitación.
Es una pregunta poco delicada que no he ponderado lo suficiente, pero me siento obligado a ponerla en guardia frente a la inevitable disolución de su tesoro, el tesoro que custodia desde hace tanto tiempo en un piso insospechado de un edificio insospechado. El que llegue después no tendrá el más mínimo cuidado, o al menos el que ella desearía, porque no hay forma de estar a la altura de una devoción que ha durado toda una vida. La señora A. puede permitirse el lujo de preparar su desaparición, de decidir el destino de todos y cada uno de esos objetos según sus deseos.
—Aquí están bien —me responde.
La pregunta crea una fractura momentánea, me doy cuenta por cómo me invita de repente a salir de allí para volver al cuarto de estar; le ha entrado frío, dice. Sé en qué piensa, y no puedo culparla. Aunque no creo que me mueva una segunda intención, tengo que reconocer que me he fijado en el cuadro de la mujer desnuda de los melocotones y por un instante me lo he imaginado colgado en nuestro dormitorio, dando finalmente dignidad a una pared para la que Nora y yo nunca hemos encontrado algo adecuado, algo que nos pareciera lo bastante íntimo como para estar allí encima, observándonos todas las noches, estuviéramos despiertos o dormidos.
Después de aquel domingo, sólo visité una vez más el piso de la señora A. Hacía cuatro meses que había muerto. Al final nos había asignado dos muebles a juego: una mesa y un aparador de los años veinte, los dos de color crema. Y tenía que llevármelos pronto, antes de que se vendiera la vivienda. Dos muebles: el único legado de Babette, y todo lo que conservamos de ella. A Emanuele no le había dejado nada.
En su piso de Rubiana me esperaban sus dos primas, Virna y Marcella. La mesa y el aparador eran lo único que quedaba, con la excepción de una serie de cajas grandes llenas de bártulos: una olla a presión, dos jarras de plástico, el servicio de copas con el borde dorado. "



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