Diarios 1984-1989 (fragmento)Sandor Marai

Diarios 1984-1989 (fragmento)

"Pasado mañana hará cuarenta años que una tarde, en el pueblo de Tahi, en la taberna donde estaba tomándome un vino, el campesino que estaba a mi lado me dijo mascullando, porque le dolían las muelas: «Los americanos han tirado una bomba y Japón está kaput». Los clientes —campesinos, soldados rusos— no se alteraron al oír la noticia. Hoy, cuarenta años más tarde, aquí en San Diego y en todas partes del mundo, la gente sale en masa a las calles para recordar Hiroshima. Todavía no se sabe exactamente qué comenzó aquel día en el mundo. Lo que sí puede saberse con bastante exactitud, en cambio, es qué terminó ese día: la seguridad relativa del hombre en la Tierra.
Según las memorias del duque de Sully, en el siglo XVI los papistas y los hugonotes caían como conejos en una partida de caza, los unos a manos de los otros. Ambos bandos iban de ciudad a ciudad y cuando conseguían conquistar una, le prendían fuego, llevaban a cabo una auténtica matanza y saqueaban cuanto hallaban a su paso. Dice, no sin cierta satisfacción, que alguna vez los católicos más viejos les llegaron a ofrecer hasta mil escudos a cambio de su vida, y menciona que el rey Enrique de Navarra fue muy generoso en cierta ciudad en la que sólo mandó ahorcar a cuatro habitantes, dejando con vida a todos los demás. Sobrevivió a la Noche de San Bartolomé siendo niño, gracias a que su padre, un viejo hugonote, lo obligó a esconderse. Habla sobre las adversidades de la vida religiosa con un estilo elevado, distante y elegante.
Los periódicos escriben en tono tranquilizador que Reagan se ha sometido a una intervención quirúrgica en la que le han extirpado un tumor. La noticia me evoca las palabras de mi tía Julie, que a los ochenta años dijo: «He sufrido un pequeño cáncer, pero me han quitado el pecho para salvar mi futuro».
El periódico budapestino ¡Volved a casa! me felicita con motivo de mis ochenta y cinco años, como si nuestras relaciones fuesen como la seda, y sin pedir mi autorización publica un escrito mío redactado y editado hace cincuenta años. Últimamente los comunistas están cortejando a los que salimos del país, suben un grado al «emigrante traidor de la patria», y lo asciendan a «hijo de la patria afincado en el extranjero». Todo muy raro. Me llama la editorial húngara de Múnich para ofrecerme seis mil dólares si doy la autorización para la nueva edición de Confesiones de un burgués. Algo andan cocinando las brujas, alguna sopa amarga de cabezas cortadas. "



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