La devoradora (fragmento)Vicente Blasco Ibáñez

La devoradora (fragmento)

"Durante los últimos años del Imperio había sido considerada como una gloria nacional. Los novelistas de Rusia hacían sentir su influencia en todas las literaturas; sus músicos figuraban en todos los conciertos, y los bailes eslavos venían a dar nueva vida al arte de la danza.
Era la Balabanova la primera bailarina de su país. El director de los teatros imperiales sólo la había permitido breves y contados viajes fuera de Rusia. Sus habilidades coreográficas pertenecían a su patria, o mejor dicho, a la corte del zar.
Parecía impulsada por una fuerza misteriosa, enemiga de todas las leyes de la gravitación. Se despegaba del suelo, manteniéndose en el aire cual si fuese de una materia sutil, emancipada de las atracciones terrestres; iba de un lado a otro del escenario con fáciles saltos, iguales a vuelos. Inspiraba a los hombres un amor que tenía algo de místico, como si perteneciese a una raza aparte, superior a la humana. Repetía en la realidad la existencia inmaterial de las sílfides y otras hembras intangibles, hijas del aire o del fuego, descritas por los cabalistas, y que en la Edad Media copularon con los humanos.
Esta atracción, producto de su graciosa ligereza, la había sentido el mismo zar, y recuerdo de un capricho, que sus cortesanos llamaban «artístico», fue el suntuoso palacio, en lo más céntrico de San Petersburgo, que la célebre bailarina recibió como regalo.
Llegó la emperatriz a preocuparse de ella, distinguiéndola con una celosa animosidad, y otras mujeres de la corte la acompañaron en este agresivo sentimiento, esposas de grandes duques o de simples príncipes multimillonarios, las cuales pretendían seducir al soberano, más por el honor que esto representaba para su orgullo que por verdaderos deseos amorosos.
La sorda hostilidad de las señoras de la corte enorgullecía y molestaba al mismo tiempo a la Balabanova. Había llegado a no conocer el valor de las cosas. El despilfarro de una corte suntuosa, que nunca supo hacer cuentas, parecía agobiarla con sus incesantes regalos. Además, gozaba de cierta influencia política cerca de los ministros del emperador y de los personajes palatinos.
Un día, no obstante sus triunfos, se manifestó dispuesta, con gran asombro de todos, a renunciar a tanta gloria. Tenía para ello un motivo, que no dijo nunca. Su arte asombroso sólo podía desarrollarse en plena juventud. Se aproximaba ya a los treinta años, y más de una vez se dio cuenta de que sus miembros obedecían con menos vigor a los impulsos de su voluntad. Estos desfallecimientos únicamente los notaba ella. Aún le era posible bailar diez años más, pero mostrando una decadencia, magistralmente disimulada al principio, que el público acabaría por conocer.
Mejor era marcharse en pleno triunfo, dejando el recuerdo de un ser excepcional.
Encontró un pretexto para justificar dicha retirada: su amor al gran duque Cirilo Nicolás, que vivía casi públicamente con ella, cual si fuese un marido morganático. Era un tío del emperador, tan deseoso de monopolizar esta herencia de su sobrino, que no vacilaba en ir contra las tradiciones de su familia y los escrúpulos oficiales de la corte. Siendo soltero, ofreció lo que no podían dar los otros amorosos de la célebre bailarina, todos ellos casados y con miedo a una ostentación de relaciones demasiado audaz. "



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