Si yo fuera usted (fragmento)P. G. Wodehouse

Si yo fuera usted (fragmento)

"Dos semanas son ampliamente suficientes para confirmar a un hombre su primera y rápida impresión de que ha encontrado la única mujer que podía amar. A la expiración de éste plazo la mente de Tony se había convertido en un mero receptáculo en el que reinaba la imagen a la que los libros llaman la Adorada. Viendo a Polly cada día, estando en constante relación con ella, había llegado a una condición mental en la que pocas cosas de la vida, fuera de Polly, tenían existencia real.
George Christopher Meech hubiera quedado sorprendido al saberlo, pero en aquellos momentos aparecía ante los ojos de su dueño como una especie de fantasma.
Tony se decía que en Polly había descubierto a la muchacha de sus sueños juveniles. Y, no obstante, cosa curiosa, no se parecía en nada al objeto de estos sueños, porque, de muchacho, sus gustos —despertados acaso por la visión de la heroína de algún bello espectáculo— tendían más bien hacia lo majestuoso, lo bello y lo voluminoso. Pero le había bastado ver a Polly dos veces para darse cuenta, emocionado, que había conseguido alcanzar la meta de su camino.
Adoraba su originalidad, su sutil filosofía, el color moreno de su tez, el centelleo que con tanta facilidad acudía a sus ojos y que era el precursor de aquella deliciosa sonrisa suya.
Una muchacha única entre un millón.
Diría más aún. Dos millones. Tres.
Habiendo depositado sus paquetes, Tony comenzó a esparcir algo de su efervescente espíritu en animada conversación. Por fantasma que fuese Meech le gustaba hablar con él.
—¿Cómo han ido los negocios? —preguntó.
—Mucha calma, señor. Poco trabajo. He cortado el pelo a un cliente.
—Bien…
—Pero no ha querido ni lavarse la cabeza, ni quemar las puntas, ni loción para el pelo.
—Malo…
Meech sonrió paternalmente.
—No hay que descorazonarse, señor. Mi experiencia me ha enseñado que las aglomeraciones se producen los sábados por la tarde.
—¡Ah…! Por las tardes, ¿eh?
—A propósito, señor. Míster Chalk-Marshall ha estado aquí hace poco preguntando por usted.
—¡Ah! Conque están en Londres… ¿Ha dejado algún recado?
—Sí, señor. Dijo que volvería más tarde.
—Bien. Y ahora —prosiguió Tony—, ¿me hace usted el favor de colgar el «Cerrado» en la puerta?
Meech, no diremos exactamente que se tambalease, pero estuvo muy cerca de ello. Todo lo que en él había de profesional estaba escandalizado. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com