El genio y la diosa (fragmento)Aldous Huxley

El genio y la diosa (fragmento)

"El júbilo hizo que Henry se convirtiera, por primera vez desde que yo le había conocido, en un padre casi normal. En lugar de retirarse a su estudio después de la cena, se quedaba para jugar con sus hijos. En lugar de hablar de sus propios asuntos, trataba de divertir a Ruth y Timmy con malos retruécanos y planteando adivinanzas. Timmy estaba en la gloria y hasta Ruth se mostraba condescendiente y sonreía. Pasaron tres días más y llegó un domingo. Por la noche, jugamos a las cartas. El reloj dio las nueve. Una vuelta más; luego, Ruth y Timmy se fueron a la cama. Diez minutos después estaban acostados y llamándonos para darnos las buenas noches. Acudimos primero a Timmy. «A ver si sabes éste», dijo Henry. «¿Qué plantas salen cuando un mal estudiante entierra sus libros?». La respuesta vino enseguida: «Calabazas». Timmy no se rió ni se enorgulleció de su acierto y dio a entender a su padre que esperaba de él más originalidad e ingenio. Apagamos la luz y pasamos a la habitación inmediata. Ruth estaba en la cama con su Osito, que hacía a un mismo tiempo de bebé y de Príncipe Azul. La chica tenía puesto un pijama azul pálido y mostraba una cara llena de afeites. Su profesor se había opuesto al colorete y el perfume en clase y, cuando la persuasión no condujo a nada, la dirección los prohibió categóricamente. La poetisa se había visto reducida a pintarse y perfumarse a la hora de acostarse. La habitación apestaba a violetas de imitación y la almohada, a ambos lados de la carita, estaba manchada de lápiz labial y colorete. Henry no era, sin embargo, hombre que advirtiese estos detalles. «¿A qué chica», preguntó, acercándose a la cama, «no se le puede decir “Te adoro”?». «¿Te adoro?», repitió Ruth. Me miró, se puso encendida y apartó la vista. Con risa forzada, contestó, en tono de fastidio y superioridad, que no podía adivinarlo. «A la que se llame Dorotea», declaró su padre triunfalmente. Y como Ruth pareciera no comprender, explicó: «Si se llama Doro-tea, no se le puede decir Tea-doro». «¿Por qué no?», preguntó Ruth. «¿Por qué no se puede decir “Te adoro” a quien se llame Dorotea?». Henry, muy molesto, dio una breve e instructiva conferencia sobre el retruécano y los juegos de palabras. No había que buscar en estas cosas rigor lógico, sino el contraste o la antítesis que había a primera vista. Llegó de lejos, de la habitación del cabeza de familia, el timbre del teléfono. El rostro de Henry se iluminó. «Tengo la corazonada de que es llamada de Chicago», dijo, mientras se inclinaba para dar a Ruth un beso de buenas noches. «Y también la corazonada», añadió, mientras corría hacia la puerta, «de que mamá vuelve mañana. ¡Mañana!», repitió. Y desapareció. «¡Qué gran cosa sería que estuviera en lo cierto!» dije fervorosamente. Ruth asintió con la cabeza y dijo «Sí» en un tono que parecía transformar el monosílabo en un «No». Repentinamente, la carita pintada asumió una expresión de ansiedad aguda. "


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