La gloria de Gilbert Pinfold (fragmento)Evelyn Waugh

La gloria de Gilbert Pinfold (fragmento)

"Mr. Pinfold consideró si debía o no confiar en Glover, e inmediatamente decidió que no.
-No -dijo, y pidió un poco de jamón frío. Se llenó el comedor. Mr. Pinfold saludó a mucha gente. Fue a cubierta manteniéndose alerta, tratando de identificar a sus perseguidores, pensando que tal vez Margaret se diera a conocer. Pero no vio a ningún miembro de la pandilla; media docena de rozagantes muchachas pasaron frente a él, algunas con pantalones y sacos de franela, algunas con polleras de tweed y sweaters; alguna sería Margaret, pero ninguna le demostró que lo era. A las nueve y media se sentó en un sillón en un rincón del salón y esperó. Tenía el garrote; era lógico pensar que si los muchachos estaban furiosos, podían atacarlo aun a la luz del día.
Empezó a ensayar la próxima entrevista. Él era el juez. Había ordenado que esos hombres comparecieran ante él. El ambiente apropiado, pensó, podría ser algo similar a la oficina de órdenes de un regimiento. Él era el oficial que escuchaba las acusaciones de motín. No estaba autorizado para castigarlos. Los reprendería suavemente y los amenazaría con penalidades civiles.
Les recordaría que en el Caliban, lo mismo que en tierra, estaban bajo la ley inglesa; que las difamaciones y las injurias físicas eran graves delitos que podrían perjudicarlos en sus futuras carreras. Les "arrojaría todo el peso de la ley". Les explicaría con frialdad que sus opiniones, buenas o malas, le eran indiferentes en absoluto; que consideraba su amistad y su enemistad como igualmente impertinentes. Pero también escucharía lo que ellos tuvieran que decir. A un buen oficial no le son desconocidos los enormes prejuicios que pueden surgir si hay quien se queja de rencores imaginarios. Era indudable que estos rebeldes estaban profundamente equivocados a su respecto. Era preferible que se desahogaran, oyeran la verdad y luego se callaran por el resto del viaje. Por otra parte, si, como parecía cierto, esas falsas apreciaciones derivaban de rumores que circulaban entre los vecinos de Mr. Pinfold, decididamente debía investigarlos y ponerlos punto final.
Tenía el salón a su disposición. El resto de los pasajeros estaban a lo largo de la cubierta ubicados en sus sillas y tapados con sus mantas. El único ruido era el invariable zumbido de la vida mecánica marina. El reloj que estaba sobre el pequeño tablado de la orquesta marcaba las diez menos cuarto. Mr. Pinfold decidió concederles un cuarto de hora más; entonces iría a la oficina del telegrafista e informaría a su mujer de su mejoría. Esperar más tiempo a esos terribles muchachos era un agravio a su dignidad.
Algún similar y orgulloso punto de vista influía también sobre ellos. Pese al zumbido, los oía discutir acerca de él. Las voces venían del artesonado cerca de su cabeza. Primero en su camarote, después en el comedor, ahora aquí, los cables de comunicaciones sobrevivientes de la época de la guerra estaban en completa actividad. Toda la instalación eléctrica del barco necesitaba con urgencia una completa reparación, pensó Mr. Pinfold; por todo lo que sabía era probable que hubiera peligro de incendio. "



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