Un niño (fragmento)Thomas Bernhard

Un niño (fragmento)

"Bajo aquella severidad sin reservas, estábamos sin embargo seguros, nos sentíamos en casa, yo me sentía tan en mi casa en la granja de los Hipping como en la nuestra, en la llamada casita de campo Mirtel, que llevaba el nombre de su propietario; era un imperio gigantesco donde el sol no se ponía. Las tormentas eran sólo breves, la franqueza con que se aclaraba todo en la granja de los Hipping, una necesidad absoluta, no toleraba que nada se oscureciese. Una bofetada, un correazo, y la cosa quedaba resuelta. La comida siguiente se hacía otra vez en medio de una normalidad completa. Los domingos había las mejores tortitas de requesón que he comido nunca, llegaban a la mesa directamente en grandes sartenes pesadas. Aquello era la coronación. Muy de mañana se iba a la iglesia. Con lo que se llamaba el traje de los domingos. Yo me estremecía bajo las maldiciones que venían del púlpito. No comprendía el espectáculo, y cada vez me hundía en la apretada multitud, que a cada instante se arrodillaba y se levantaba otra vez, no sabía por qué ni para qué, y no me atrevía a preguntarlo. El incienso se me metía en las narices, pero me acordaba de la muerte. Las palabras ceniza y vida eterna se me grabaron en la cabeza. El espectáculo se prolongaba, los comparsas se persignaban. El actor principal, que había sido deán, daba la bendición. Sus ayudantes se inclinaban a cada instante, balanceaban los incensarios y de vez en cuando entonaban cánticos que me resultaban incomprensibles. Mi primera función de teatro fue mi primera función de iglesia, en Seekirchen fui por primera vez a misa. ¡En latín! ¿Era aquello quizá lo más alto de que mi abuelo me había hablado? Yo prefería las que llamaba misas negras, las misas de difuntos, en las que el color absolutamente dominante era el negro, allí tenía una tragedia que me hacía estremecer, a diferencia del espectáculo normal de los domingos, con su salida conciliadora. Me gustaban las voces amortiguadas, los pasos adecuados a la tragedia. Los entierros comenzaban en la casa del difunto, el muerto era expuesto durante dos o tres días en el vestíbulo, hasta que el coche fúnebre se lo llevaba, primero a la iglesia y luego al cementerio. Si moría un vecino, o bien una persona acomodada o incluso rica o hasta influyente, iban todos. Formaban un largo cortejo de casi siempre cien metros de longitud tras el féretro, precedido por el cura con su séquito. Los muertos expuestos tenían el rostro desfigurado, deformado muy a menudo por la sangre extravasada y luego seca. A menudo no servía de nada atar la quijada al resto de la cabeza, porque se bajaba y los observadores podían contemplar fijamente la oscura cavidad de la boca, Los muertos expuestos yacían con sus trajes de domingo, con las manos cruzadas sobre un rosario. "


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