Totó el bueno (fragmento)Cesare Zavattini

Totó el bueno (fragmento)

"Como de costumbre, la oscuridad fue descendiendo. Los disparos habían atraído al lugar a muchos ciudadanos de Bamba, hecho que acrecentaba el espíritu belicoso y la prisa del capitán Gero.
—Ahora me lanzo al asalto —decía.
Viendo que afluía demasiada gente, se decidió a extender cordones para evitar la confusión, empleando en ello a todos sus hombres con el resultado de que ya no disponía ni de uno cuando decidió lanzarse al asalto. Mandó a buscar refuerzos. Mientras tanto se decidió a arrojar personalmente contra las chozas una pequeña bomba de gases lacrimógenos, que redujo al llanto a una treintena de personas.
Totó, viendo llorar a sus compañeros, dijo:
—Debemos rendirnos.
Aquéllos gritaron:
—¡No, no! —y continuaron llorando.
Entonces meneó la cabeza y se dirigió a su casilla para preparar con las sábanas una bandera blanca. Era menester irse de ese querido lugar, y ya todos se veían en larga fila, con bultos sobre las espaldas y con los niños en brazos quién sabe hacia dónde.
Al bando contrario se sumaron veinte guardias, algunos ellos a caballo. Como los curiosos habían aumentado mucho, los refuerzos se destinaron a extender los cordones. Gero debió por lo tanto pedir nuevos guardias. A medianoche había allí cerca de cincuenta, exhalaban humo de la boca como los caballos después de una carrera, y en el fondo lunar se agitaban los penachos de sus sombreros, debajo de los cuales había, después se supo, pensamientos como éstos: «Mañana veré a mi primo Antonio». O bien: «La sal es útil». El capitán decidió arrojar una segunda bomba. La cual no hizo el efecto esperado, puesto que cayó justamente entre un grupito de gente miedosa que ya lloraba sinceramente por su cuenta.
Totó, en su casilla, suspiraba recortando de la sábana la bandera blanca, cuando la habitación se iluminó con una luz argentada muy fuerte. Pensó en seguida en un incendio. En cambio sus ojos vieron otra cosa muy distinta: en la pared, delante de él, se dibujaban las siluetas de dos ángeles. Totó quedó con la boca abierta. De pronto oyó una voz hermosísima que dijo:
—Desde este momento te concedemos la facultad de obrar milagros: con sólo decir tac lo conseguirás todo.
Si estaban las sombras debían estar también los ángeles; tímidamente miró en torno. Los objetos del cuarto se veían como de día, quizá mejor, pero no se veía otra cosa. Las alas de los ángeles se agitaron en las paredes para emprender vuelo, su sombra llegó al cielo raso y oscureció la casilla. Totó casi sintió las plumas sobre la cara y el frío del aire removido. Sus ojos corrieron a la ventana apenas con tiempo para ver brillar algo, una vibración que se desvaneció en el cielo con la estela de la música que hacen los trompos. Luego, nada más. Como es usual en estos casos, se echó una botella de agua fría sobre la cabeza. Estaba allí, chorreando agua, sin dar un paso ni adelante ni atrás. Juntó valor y dijo:
—Tac, dos huevos fritos.
Sobre la mesa, delante de él, apareció una linda cazuelita de barro con dos huevos fritos, evidentemente frescos del día. Totó se pasó la mano por la cara y murmuró:
—Entonces, ¿es cierto?
Y se desplomó en la silla. "



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