Obabakoak (fragmento)Bernardo Atxaga

Obabakoak (fragmento)

"Cumpliendo con la creencia de que también hay que decir adiós a los lugares, le pedí a Daniel que me acompañara y di un último paseo largo antes de dejar Villamediana para siempre. Deseaba que aquellos lugares quedaran en mi memoria y me pudieran servir, más adelante, para poder recordar mejor todos los momentos que viví en ellos.
Aquel día —a pesar de que sólo faltaban tres días para Navidad— el cielo, completamente azul, parecía primaveral, y, cosa que no sucedía hacía mucho, las ventanas y las puertas de las casas estaban abiertas. La nieve se derretía por momentos y por la tarde sólo quedaban manchas blancas en los hoyos de las rocas del páramo. Como dijo Daniel al comienzo del paseo, aquello no era Castilla, aquello era el Mediterráneo.
Aquel tiempo —tan diferente al del invierno en que yo había llegado—, era de mucho provecho para los helechos y el musgo de mi interior; y mitigaba, además, ese sentimiento de despedida que aparece en todos los cancioneros.
Recorrimos a paso lento todos los lugares que había visitado aquel año: Valdesalce, Valderrobledo, Valdencina, Encomienda, Fontecha, Ramiel... a veces, como en Valdesalce, le hacía confidencias a Daniel. Me parecía que con él las cosas debían quedar claras.
—No te había dicho nada hasta ahora, pero me hice amigo del condesito. Ya sabes, es una persona muy especial —comencé a decir. Y le hablé de los encuentros de los viernes.
—Tú crees que le odio, y por eso no me has dicho nada. Pero no le odio, en serio. A mí me da pena. Igual es peor tenerle pena a alguien que odiarle, pero es así. Ahora mismo, estoy seguro de que no tiene leña. Al menos no sale humo de su chimenea.
—Querrías llevársela, ¿verdad?
—Tengo un haz preparado en casa. Sólo me falta entregárselo.
Daniel era un buen hombre, en el mejor sentido de la palabra.
Con todo, no fue ése el talante de la conversación que tuvimos durante nuestro último paseo. Dejamos completamente de lado los asuntos ingratos. Sin dejar de caminar, recordamos la vez que estuvimos vigilando los juegos nocturnos de las liebres, luego la comida que hicimos con los pastores y la alegría de la sobremesa; más tarde, la discusión que tuvimos con un grupo de cazadores.
Ayudados por el viento sur, también hablamos de las anécdotas graciosas que habíamos vivido durante todo aquel tiempo.
—Párate aquí, Daniel. Éste es un lugar sagrado para mí —le dije cuando pasamos una curva y llegamos junto a un colmenar.
—Seguro que por algún asunto de faldas.
—Faldas sí que hubo, pero no de la clase que tú imaginas. ¿Te acuerdas que durante los primeros meses yo solía andar con chándal?
—Sí que me acuerdo.
—Pues un día iba yo por esa parte de atrás paseando tranquilamente cuando, de repente, me acordé de la cocina de casa. De que en la cocina había dejado una cazuela puesta al fuego, quiero decir. Me imaginé la casa en llamas, y salí corriendo como una exhalación. Salgo de la curva a toda velocidad, y aquí mismo, aquí donde estamos, me encuentro de sopetón con todas las mujeres de Villamediana, que venían de paseo. Unas treinta mujeres, por lo menos, casadas, novias, viudas, abuelas... y, claro, yo no podía pararme a hablar, tenía que seguir con mi sprint. Y al pasar delante de ellas, ¡no veas qué aplausos, Daniel...!, con decirte que una abuela me gritó Viva, Viva, está dicho todo. Me emocioné, te digo la verdad. La primera vez en mi vida que me vitoreaban por correr. Comprendí por fin lo que debía de sentir Zatopeck.
—Con las mujeres ya se sabe —comentó Daniel. Estaba claro que algunos temas le gustaban más que otros.
Finalmente, cruzando el páramo, descendimos a la atalaya. Vimos a Julián y a Benito ensimismados en su labor de contemplar la llanura, pero le indiqué a Daniel que siguiéramos calle abajo, que no quería detenerme allí. No me veía capaz de despedirme de aquellos dos abuelos. "



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