Goodbye, Columbus (fragmento)Philip Roth

Goodbye, Columbus (fragmento)

"La tía Gladys no pareció alegrarse cuando le dije que sólo tendría que preparar tres cenas esa noche. Todo lo que dijo al teléfono fue «Estupendísimo».
No comimos en la cocina: lo hicimos, los seis —Brenda, yo, Ron, el señor y la señora Patimkin y Julie, la hermana pequeña de Brenda—, sentados en torno a la mesa del comedor, con la doncella sirviéndonos: Carlota, una negra con cara de india navajo y con los lóbulos de las orejas perforados, pero sin aretes. A mí me sentaron al lado de Brenda, que vestía según su concepto de au naturel: unos bermudas —ceñidos—, un polo blanco, zapatillas de tenis y calcetines, ambos también blancos. Frente a mí cenaba Julie, de diez años, con la carita redonda y despierta, quien, mientras las otras niñas de la calle jugaban todas juntas, o con niños, había estado ensayando golpes de golf en el jardín trasero, con su padre. El señor Patimkin me recordó a mi padre, salvo por el detalle de no envolver cada sílaba en un resuello al hablar. Era fuerte, alto, no gramático y feroz comedor. Cuando le entró a la ensalada —tras haberla rociado previamente de salsa vinagreta embotellada—, se le marcaron las venas bajo la gruesa piel de los antebrazos. Se zampó tres raciones de ensalada. En el caso de Ron, fueron cuatro, y dos en el de Brenda y Julie. La señora Patimkin y yo fuimos los únicos que sólo nos servimos una vez. No me gustó nada la señora Patimkin, a pesar de que era, con diferencia, la persona más agraciada que había en torno a aquella mesa. Fue desastrosamente cortés conmigo y, con sus ojos cárdenos, su pelo oscuro y su cuerpo grande y persuasivo, me produjo la sensación de una beldad prisionera, de una princesa asilvestrada que alguien había domado para ponerla al servicio de la hija del rey, es decir de Brenda.
Fuera, tras el ventanal panorámico, se veía el jardín trasero, con sus dos robles gemelos. Digo robles, pero, echándole un poco de imaginación, también habría podido llamarlos árboles de los deportes. Bajo sus ramas, como frutos que de ellas acabaran de desprenderse, había dos palos y una pelota de golf, un bote de pelotas de tenis, un bate de béisbol, un balón de basket, un guante de primera base, y algo que a primera vista parecía una fusta. Más allá, llegando a la valla vegetal que circundaba la finca de los Patimkin y delante del pequeño campo de baloncesto, una manta roja con una O blanca cosida en el centro, que parecía arder en llamas sobre la hierba verde. Tenía que hacer viento en el exterior, porque se movía la red de la canasta; dentro cenábamos en la permanente frescura característica de Westinghouse. "



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