Knulp (fragmento)Hermann Hesse

Knulp (fragmento)

"—En mi forma de pensar, a una joven hermosísima no se la encontraría quizá tan encantadora si no se supiese que ella tiene su época que, pasada ésta, ha de envejecer y morir. Si las cosas bellas permaneciesen iguales por toda la eternidad, supongo que llegaría a sentir un gran placer; pero entonces las consideraría más fríamente y pensaría "Lo que ves es para siempre, no te es necesario hoy mismo." En cambio, al ver lo perecedero, lo que no puede seguir siendo siempre igual, lo contemplo, y no sólo siento alegría, sino también la correspondiente lástima.
—Cierto.
—Por razones parecidas, tampoco conozco nada más hermoso que unos fuegos de artificio por la noche, en cualquier parte. Hay balas relucientes, azules y verdes, que se remontan por las tinieblas, y en el preciso instante en que son más bellas, describen un pequeño arco y se extinguen. Al presenciarlo, se experimenta gozo y también, al mismo tiempo, angustia: las cosas tornan a ser como antes; pero conviene que así suceda, y la hermosura es mucho mayor que si llegase a durar más tiempo, ¿no?
—Bien puede ser. Pero esa fórmula no valdrá para todos los casos.
—¿Por qué no?
—Por ejemplo: si dos personas se quieren y se casan, o si dos llegan a trabar mutua amistad, lo hermoso radica precisamente en que sea para mucho tiempo y en que no se termine en seguida.
Knulp me miró con atención, parpadeó luego, haciendo jugar sus negras pestañas, y dijo meditabundo:
—Justo. Pero también eso tiene su fin alguna vez, como todo. Muchas circunstancias que pueden degollar una amistad y lo mismo un amor.
—Muy cierto; mas no se piensa en ello antes que ocurra.
—No lo sé... Mira, yo he estado enamorado dos veces en mi vida -me refiero al verdadero amor- y las dos veces tenía la certidumbre de que aquello era para siempre y de que sólo podía concluir con la muerte. Pues bien; en ambas sazones la cosa se acabó y yo no me he muerto. Tuve también un amigo –que vive aún en nuestra ciudad-, y no me cabía en el pensamiento que pudiésemos vivir separados. Sin embargo, nos hemos desjuntado hace ya tiempo.
Callóse y no supe qué decir al respecto. Esa dimensión dolorosa latente en toda relación entre seres humanos no había llegado todavía a ser vivencia en mí y no había aprendido aún que entre dos personas, por muy íntimamente ligadas que estén, permanece siempre abierto un abismo que sólo el amor puede franquear y aun sólo de hora en hora con un puente de emergencia. Cavilaba yo sobre las anteriores palabras de mi camarada, de las que me complacían superlativamente las atañederas a las balas luminosas, pues yo mismo lo había sentido así con frecuencia. Los irisados fuegos, suavemente rizados, ascendiendo en la oscuridad y ahogándose allá instantáneamente, parecíanme ser un símbolo de todo humano deleite, que, cuanto más bello es, tanto menos sacia y tanto más presto se va desvaneciendo. Así se lo expuse a Knulp.
Pero no se prestó a entrar en pormenores.
—Sí, sí -dijo tan sólo; y más tarde, después de un buen rato, habló con voz apagada-: Los productos del intelecto y de la meditación no tienen ningún mérito, y tampoco se obra según se piensa, sino que en realidad cada paso es dado de una manera tan absolutamente desatinada... como lo estaba deseando el corazón. Sin embargo, con las amistades y los amores acontece tal y como yo opino. En definitiva, cada ser humano tiene lo suyo enteramente para sí y no quiere saber nada de los demás. Se observa también esto cuando alguien muere. Se le llora, se le guarda luto un día, y un mes, y hasta un año, pero después... el muerto lo está y muerto sigue; exactamente lo mismo daría que dentro de su ataúd yaciera cualquier obrero ambulante desconocido y sin patria.
—Oye, Knulp: no me parece bien eso. A menudo hemos hablado tú y yo de que la vida ha de acabar teniendo un sentido y de que tiene su mérito el ser bueno y amable en vez de ser malo y hostil. Pero si la realidad fuese como tú dices ahora, todo nos daría igual y podríamos perfectamente robar y matar.
—No, no podríamos, querido. ¡A ver, asesina sin más ni más a unos cuantos ciudadanos, los primeros que nos encontremos, si eres capaz! O pídele a una mariposa amarilla que sea azul. Se reirá de ti.
—Tampoco quiero decir eso. No obstante, si todo nos fuera indiferente, carecería de sentido querer ser bueno y honrado. La esencia del bien no existe si lo azul vale tanto como lo amarillo y lo malo como lo bueno. Entonces cada uno de nosotros sería lo mismo que un animal en la selva y obraría según su instinto, sin tener por ello merecimiento ni culpa. "



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