El espectáculo del tiempo (fragmento)Juan José Becerra

El espectáculo del tiempo (fragmento)

"El encuentro en el Hotel Brigthon fue asunto exclusivo de los cuerpos —fue un encuentro al que faltamos nosotros—, un despliegue de todas las maniobras físicas que habíamos utilizado durante muchos años y que fue la afirmación práctica de nuestro entendimiento mental, aplicadas con tal atención que podía pensarse que respondían a la voluntad, idiotizada por su propia confianza, de que el deseo regresara intacto de su viaje demoledor por el tiempo. Era la totalidad de una vida erótica reducida a la exhibición, a esa altura inservible, que la resumía como maqueta del amor que se estaba yendo en la misma tormenta que lo había traído. Del amor en sí quedaba solamente la técnica depurada que nos había enseñado a manifestarlo, una especie de maestría desgastada por el uso que al quedar reducida a la pobreza de su perfección ponía en evidencia todo lo que había desaparecido entre nosotros.
En sintonía con esos modos maquinales, la música del hotel bajaba del cielorraso en suaves notas tecnológicas sobre las que reinaba la voz de un hombre, seguramente negro. El placer comenzó a hacerse presente al tiempo que el amor se iba. Bárbara propuso cambios: “No quiero que sea muy mojado, con mucha saliva y todo eso. ¿Puede ser? Se puede cambiar y que haya cosas que antes te gustaban y ya no te gusten tanto, ¿no? Después de todo estamos empezando algo nuevo. ¿Puede ser? ¿No te molesta si te la mojo nada más que un poquito?”. Era seguro que se había acostado con otro hombre y en el nuevo cuerpo había encontrado la gracia de coger sin mojar. Estuvo claro cuando, a punto de acabar, sin los gritos que me reventaron los oídos durante años, abrió los ojos un instante en el que percibió el horror de no estar allí. Nos desprendimos, asqueados uno del otro, y tomamos la cocaína que yo había pasado por los dos aeropuertos en el interior de una media. La habitación estaba a oscuras, pero por el reflejo que llegaba de afuera pudimos ver más tarde el sudor denso que manaba de la droga. Fue un momento tristísimo. Lo fue cuando lo recordé más tarde y también mientras estaba sucediendo (más o menos lo mismo ocurre con la felicidad, que se vive como felicidad y se recuerda como tristeza).
Bajé solo a la terraza del hotel. Fue un alivio sentirme separado en ese momento, aunque no supiera a que era personal pertenecía. Porque ¿cuándo termina de pasar un momento? Me respondí mentalmente, aunque tal vez hablé porque el barman levantó la cabeza de golpe, que mi larga temporada con Bárbara Rodríguez y los cinco minutos que tardé en tomar una gaseosa en la terraza del Brigthon, estaban pasando juntos, por lo que el tiempo no era un río sino un lago en el que me podía contemplar.
A la mañana siguiente caminamos hasta un kiosco de revistas. Mientras hojeábamos la montaña de papeles que compramos para poder pasar la tarde sin molestarnos, Bárbara entró a una agencia de alquiler de autos y salió con las llaves de uno. Me miró a los ojos con una profundidad que no formaba parte de esa escena pero sí de algunas otras del pasado a las que ya no podía entrar (era una mirada que echaba una luz blanca sobre las ruinas), y me dijo: “Vos manejá”. El llavero con la bandera de Chile pintada sobre un rectángulo de bronce atrajo de inmediato el sol del verano que caía de punta sobre nosotros. Le pregunté a dónde íbamos. Con las piernas recogidas sobre el asiento y el vestido alzado hasta la cintura, menos una mujer tibia que una esfinge en trance de endurecimiento glaciar, encendió la radio y me dijo: “Vos manejá para adelante. ¡Ay! ¡Mi canción! ¡Te la canto!”:
[...]
La canción se perdió en una nube de interferencias al pasar por un edificio de la Marina, dejando en los parlantes un ruido de cuerdas cortadas. Tomamos la avenida que se retorcía siguiendo la línea despareja de la costa y suavizaba los desniveles de su geografía de piedra con planos inclinados y curvas peraltadas. A la izquierda, el sol daba a contraluz sobre el espejo resplandeciente del océano, oscureciéndolo un poco más. Giré en la rotonda de Viña del Mar y avancé hacia el norte. Bajamos en Reñaca a ver el atardecer. Nadé unos segundos en las aguas congeladas y me sequé de pie mirando el horizonte para no mirarla a ella. Pero inesperadamente me apoyó las tetas y las piernas desnudas y me besó en la nuca, transmitiéndole a mi pija una electricidad conocida mientras oíamos las explosiones de las olas sin decir una palabra.
Seguimos hasta Horcón, donde los pescadores acondicionaban los botes con la poca luz que quedaba de ese día. Había cierta sabiduría Braille en ellos, cosiendo sus redes a ciegas y afilando los cuchillos sobre piedras invisibles. Cayó la noche sobre la montaña. Desde lo alto vimos las luces de Zapallar y sus mansiones enclavadas en los cerros y en la última curva anterior a la bajada brusca sobre el plano de Papudo, se nos salió una rueda.
Pasamos la noche en un hotel pensado más para beneficio del personal que de los pasajeros. El lobby era descomunal en relación a su escala, y mucho más confortable que las habitaciones. Bárbara se desnudó y me invitó a ver cómo se duchaba, no sé para qué. Al día siguiente caminamos de la mano por el pueblo sin que se transmitiera nada de un cuerpo a otro, bajamos a la playa y nos acercamos a un puesto donde unas personas sacaban pescados vivos de un tambor y les cortaban la cabeza sin que se interrumpieran las contorsiones de los cuerpos, más bien todo lo contrario: nunca habían estado tan vivos como en el instante entre la decapitación y la muerte. "



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