El viaje del centurión (fragmento)Ernest Psichari

El viaje del centurión (fragmento)

"Ya más fortalecido, imbuido de serenas armonías, Maxence se abisma en callejones abiertos al paso. Por encima de él las terrazas son como espinas erguidas a la misma altura del suelo y entre las líneas de ramas secas una angosta cinta celeste marca el itinerario. Sin embargo, un olor acre prende al viajero por la garganta. Tras las bajas puertas pequeños patios donde un millar de moscas asalta a las indiferentes madres y a sus infantes, en medio de las calabazas. En realidad era como un gueto y sintió la vaga inquietud de no mirar hacia el espacio libre. En ocasiones, el paso de una lenta belleza, medio velada, completaba su trasfondo de ilusión. Maxence se hallaba definitivamente en la judería. Por otra parte, los habitantes de Atar, Smassides en su mayoría, son los más viles de los moriscos y no pueden compararse con los libres bereberes que habitan en tiendas confeccionadas con pelo de camello en las postrimerías del desierto.
Ninguna luz perfora las sombras. Ninguna puerta fraternal será abierta. Ninguna mano será tendida... Pero Maxence tiembla; su corazón, atenazado por el terror, deja de latir: ¿No es acaso en todas partes, y no sólo aquí, un extranjero? ¿Hay algún lugar en el mundo en el que pueda decir éste es el final de mi viaje. He aquí la tierra donde todo es mío y éstos son mis hermanos de pensamiento y oración? En cualquier parte del mundo se siente solo, medita sobre sus pecados ocultos al mundo, maldice los dulces rechazos de la comunidad humana. A pesar del profundo infortunio que siente a su alrededor, unas voces pueden escucharse a través de las paredes de la gruesa mezquita. Es la hora en la que todo el Islam canta el sura de los infieles. Y Maxence repite lentamente la oscura oración que leyó en el libro: «Souratoul el Koufar. Dice: ¡Oh, infieles! Yo no adoro lo que vosotros adoráis. Vosotros no adoráis lo que yo adoro. Yo aborrezco vuestro culto. Vosotros tenéis vuestra religión y yo la mía»
Maxence sufrió el abrazo de un misterioso dolor. Un grito de orgullo y soledad resonó en su interior. Sintió que aquella fuerza dominaba toda miseria, que aquella belleza era la más fuerte. Pero las palabras de esas gentes no hallaban eco en él. ¿Qué podría hacer para hablarles acerca de la exaltación de la certeza?
«Yo no soy vosotros o una voz engañosa que pronuncia palabras que insuflan vida. Vosotros tenéis vuestra religión, pero yo ciertamente tengo la mía. Vosotros tenéis a vuestro Profeta, pero yo tengo a mi Dios, que es Cristo Jesús. Vosotros tenéis vuestro libro, pero yo tengo el mío. "



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