El sueño de Oslo (fragmento)Juan Cruz

El sueño de Oslo (fragmento)

"Julio estaba cansado de hacer noche en Cannes y propuso ir a caminar por la ciudad. No recuerdo nada de aquel paseo. Miento: recuerdo la esquina de una casa y una ventana. Sólo recuerdo la esquina de una casa y una ventana. Del resto sólo sé que me fascinó caminar por aquella arena fría, como el escenario de un planeta exótico que desapareciera a la luz del sol.
La noche. Julio estaba fascinado por la noche. Durante horas oía el ruido de las olas como si este sonido mimético fuera el acompañamiento adecuado al color plateado del mar, la absurda monotonía de las olas regresando al mar, siempre el mismo mar sobre la arena fría.
-Es como si el mar estuviera iluminado por una vela -dijo Julio achicando los ojos mientras Badana recogía sus zapatillas y le quitaba arena al libro de Oscar Wilde.
-Él -él era yo, pero Badana siempre me llamaba él-, siempre repite una frase: me encantaría saber de qué color es la luz de una vela cuando está apagada.
NO era mía la frase, pero es verdad que la repetía constantemente. Todo el mundo sabe que la frase es de Lewis Carroll, pero a Badana le gustaba presumir que era mía y la repetía casi con tanta frecuencia como yo.
-Él siempre repite esa frase y ahora resulta que no es suya.
Ella sabía que no era mía, pero le gustaba sentirse herida en pequeños detalles, como ocurre siempre que uno espera heridas mayores. El hombre es un pescador, y nunca se sacia con los peces pequeños. Y la mujer es igual, claro.
La frase era de Lewis Carroll y no era exactamente así, según nos dijo Julio, que la había leído al principio de Tres tristes tigres, el libro de Cabrera Infante que él se había leído en una noche de insomnio, en voz alta.
-Fue un día inolvidable. No había dormido en toda la noche, me examinaba de Filosofía, olvidé todo lo que debía decir y después del examen me leí ese libro de un tirón. Con la boca seca, como deben leerse los libros.
-¿Y qué recuerdas de ese libro? -le preguntó Badana.
-Frases enteras, una atmósfera. No me di cuenta de que era de noche mientras lo iba leyendo. Era un libro con luz artificial, pero muy potente. Años después me lo encontré en Sevilla, en una peluquería.
-¡El libro en una peluquería? -le pregunté.
-No, el autor. Jamás he visto un libro en una peluquería.
-A mí me pasa eso con Rayuela -le dije.
-Que te encuentras a su autor en una peluquería.
-No, qué va. Cortázar se pelaba solo. Rayuela era un libro para leer de noche, pero de pie, como quien se levanta a mear y luego vuelve a la cama reconciliado con el mundo.
-Y con su vejiga.
-Y con su vejiga. Y una vez resuelto ese trámite el libro se echa contigo en la cama, y lo lees casi sin luz, como los poemas de Rimbaud para los uruguayos. "



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