El niño descalzo (fragmento)Juan Cruz

El niño descalzo (fragmento)

"Un día de éstos me preguntaste si era cierto que yo hablaba tanto de ti por esos mundos. Te dije que sí, claro; entonces tú me dijiste algo que me sorprendió, por lo arriesgado: «Sabes que yo soy famoso, abuelo». Te pregunté a qué obedecía esa arrogancia, y respondiste: «Es que cada vez que alguien me ve me pregunta si yo soy el famoso Oliver». Claro, tengo culpa de tu fama, pero ahora seguramente ya sabrás que ese fruto es más bien la declaración de principios que hace el espejo ante la cara de los tontos. 
A tu edad me recuerdo en algunas cosas; a tu madre, claro, la recuerdo en casi todas; a esta edad que tienes ahora que escribo yo descubrí el olor de la tierra mojada; mi madre me sacaba del adormecimiento del asma, me llevaba a la calle si hacía sol, y si lo hacía después de aquellas lluvias menudas que ella llamaba sereno, entonces yo olía la tierra como si la acabaran de poner. Los niños jugábamos a los boliches, que los peninsulares llaman canicas, y a mí me dejaban los amigos participar con ellos en esas resurrecciones periódicas que me permitía mi madre.
También jugábamos a los trompos, que ya te comenté que eran la introducción a la crueldad. Si fallabas con el trompo, el otro estaba facultado para acribillar la madera del juguete hasta destrozarlo. Me pasó a veces, pero jugaba poco, y creo que los muchachos me tenían lástima, como se les tiene a los enfermos que no salen a la calle.
En aquel tiempo supe qué era la pérdida, qué sensación produce saber dónde has perdido las cosas cuando éstas son físicamente inalcanzables. En este caso, la primera pérdida fue una pelota de color butano que aún hoy sigo viendo, en la memoria de mi imaginación (un día dijiste: «tengo una idea en mi imaginación», tenías dos años, me gustó esa frase, acaso es la primera frase literaria que te escuché decir, ignoro si seguirás por ese camino o seguirás concentrado en las ruedas), situada en medio de la nada, sobre el tejado del enorme salón contiguo a la casa. Había caído ahí por casualidad, impulsada por mí, seguramente, mientras jugaba entre la ropa blanca que mi madre colgaba con pinzas de madera en la azotea. Yo olía la ropa limpia que se movía con el viento y jugaba con aquella pelota que acabó en el tejado. Durante semanas y meses mi contemplación del objeto sólo sirvió para acrecentar la melancolía de su falta; nadie hizo nada por recogerla, ni yo mismo podía saltar el muro que dividía la casa del salón (un garaje en el que mi padre guardaba un camión, barricas vacías, pinocha y donde había una tronja). Así que ahí siguió durante mucho tiempo aquella pelota que perdí pero que siguió existiendo al alcance humano, pero como un objeto definitivamente perdido. "



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