Sapphira y la joven esclava (fragmento)Willa Cather

Sapphira y la joven esclava (fragmento)

"Todo había ocurrido la primera noche de su primera visita, estando sentado frente a ella durante la cena. Observaba su rostro a la luz de las velas y se dio cuenta de que le costaba responder a las amigables preguntas de su madre y mantener la mente centrada en la conversación. Después de marcharse, siempre que se encontraba a solas, no podía pensar en otra cosa que no fuera Rachel. Tenía treinta años y nunca antes había conocido a una muchacha con la que deseara casarse. Claro estaba, reconoció, que «le gustaba su libertad». Pero ahora todo era distinto. El padre y la madre de ella habían dado su consentimiento. Pero necesitaba que ella le diera el suyo, de corazón.
—¿Crees que podrías llegar a amarme, a amarme de verdad, Rachel? —Su voz era nostálgica, casi triste.
Ella levantó la mirada y se enfrentó a sus ojos azules sin temor, mientras algo intenso fulguraba en los suyos.
—Ya lo hago, Michael.
—¡Amor mío! ¿Me darías un beso?
Ella apoyó las manos en los hombros de él, conteniéndolo, y con aquella cuasi fiera devoción todavía brillando en sus ojos, suplicó.
—¡Por favor, Michael, por favor! No hasta que no estén pronunciados los votos.
Ninguna otra respuesta podría haberle hecho más feliz. Cogió sus manos y enterró su rostro en ellas.
Esto ocurría hacia 1830, cuando el libertinaje era en extremo desenfrenado y las convenciones igualmente estrictas. Los jóvenes solteros de vida disoluta eran escrupulosos cuando llegaba la hora de escoger a la muchacha con la que se casarían, y exigían que esta fuera virgen tanto de pensamiento como físicamente. Lo peor que podía decirse de una muchacha soltera era que «sabía demasiado».
Inmediatamente después de que Michael fuese elegido representante del distrito _º, la joven pareja contrajo matrimonio y se trasladó a Washington para vivir en una casita de alquiler. La devoción que Michael había leído en los ojos de Rachel cuando le negara el beso de compromiso pronto se convirtió en la guía de su vida: no había nada de ella que no se sometiera a esa devoción. En todos los sentidos, él era su primer amor. Es más, se la había llevado de un hogar donde nunca había sido feliz, de modo que ella sentía por él todo lo que se siente hacia un rescatador y un salvador. Hasta que él llegó, su corazón había estado frío y aterido.
Cuando Rachel tenía doce años escuchó por accidente una conversación que marcaría sus pensamientos y sus sentimientos para siempre. En aquellos días solía caminar a menudo hasta la estafeta para recoger el correo, aunque sabía que esta costumbre molestaba a su madre. Rachel estaba muy unida a la jefa de correos, por entonces una mujer joven que se había quedado viuda con tres niños pequeños a su cargo. Una mañana, estaba sentada en el sombreado porche delantero de la señora Bywaters, detrás de las azaleas trepadoras en flor, cuando vio a un apuesto y anciano caballero acercarse a caballo al amarradero, apearse y atar el caballo. Se trataba del señor Cartmell, el padre de la señora Bywaters. Mientras recorría el paseo de grava y se dirigía a los escalones del porche, su hija le vio y salió a saludarle. Entraron juntos a la casa, y dejaron la puerta abierta tras de sí. A Rachel le gustaba escuchar al señor Cartmell; su forma de hablar tenía un deje de anticuada cortesía. "



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