Tierra violenta (fragmento)Luciano González Egido

Tierra violenta (fragmento)

"Una noche, mientras dormía, tuvo una visita inesperada. Unos desconocidos, embozados, le arrearon una paliza, que lo dejaron baldado. No les pudo ver las caras, tapadas con unos grandes pañuelos de hierbas y unas boinas encasquetadas hasta las orejas. Había intentado defenderse; pero eran tres y todo fue inútil. Lo molieron a palos y desaparecieron. Desde el suelo de su humillación, con los ojos tumefactos y las espaldas al rojo vivo, siguió las siluetas de su huida, hasta perderlos de vista en la oscura distancia de la noche cerrada. No los oyó hablar ni pudo reconocer a ninguno. Con grandes dificultades logró incorporarse y fue tanteando las paredes de su obra, en las que apoyaba su dignidad herida. Recorrió, arrastrando los pies doloridos, contra cuyas plantas los asaltantes se habían ensañado, el contorno de la casa. Con sus labios heridos, rajados y sanguinolentos trató de gritar, de blasfemar, al término de su inspección, al confirmar, como se sospechaba, que habían destruido gran parte de la obra a martillazos, que en el furor de la pelea no había oído. Le habían machacado los dedos de las manos, como si quisieran mutilarlo, y le habían echado abajo lo que había levantado en un año de esfuerzos. Se preguntaba, una y otra vez, por qué, por qué, por qué y quién, quién y quién.
Nunca supo quién había sido, ni pudo encontrar los motivos. Desconfió de sus amigos, sospechó de algunos conocidos y buscó las causas que hubieran podido provocar aquella acción salvaje. Renegó de la condición humana, hecha a base de mierda y sangre violenta. Pero se rehízo de la paliza. Con dificultades y dolor, forzó el movimiento de los dedos. La noche amparaba su recuperación. Estaba recostado contra la rugosidad del muro y tocaba las piedras, como si fueran rocas mágicas que pudieran devolverle la energía. El aire se enfriaba; pero las paredes conservaban todavía algo del calor del sol. Lloraba y gritaba de rabia, con los huesos rotos y el ánimo incapaz de rehacerse. Buscaba consuelo en la memoria de su proyecto. Pero no consiguió mantenerse en pie y cayó rodando al camino, donde lo encontraron los primeros madrugadores de la carretera y lo llevaron al hospital de la Santísima Trinidad, allí cerca. Cuando se despertó estaba en una cama blanca, todo vendado y dolorido, lleno de sueño, bajo la preocupada sonrisa de una monja de la Caridad, que le aconsejó reposo y paciencia hasta que se curara de sus heridas. Trató de contestarle; pero un mareo le cortó las ganas. Volvió a abrir los ojos y se encontró con los globos de luz de la sala encendidos en el techo y las ventanas negras de la noche.
Se notaba todo el cuerpo estriado de llagas, la vista muy débil y las piernas desobedientes a sus órdenes. Con dedos impacientes se recorrió el vendaje de la cara y del pecho. La sala estaba en silencio. Nada se movía. Se incorporó a medias y vio dos filas de camas ocupadas por enfermos inmóviles. Algunos se quejaban, en un susurro. Olía raro y, sin hacer ruido, echó las sábanas fuera y saltó de la cama. Sus ropas estaban hechas un burullo en una silla, junto a la cabecera, las cogió y se largó de allí, procurando que nadie lo viera, ocultándose en el quicio de las puertas, detrás de las mamparas, contra los armarios blancos de las galerías. Bajó las escaleras con sigilo, saltó por una ventana, que daba al camino de Villamayor, y corrió hacia su casa, impedido por el dolor, los vahídos y una debilidad generalizada, que estimulaba su voluntad reconstruida. Iba descalzo, pero ni siquiera notó los guijarros del camino ni el frío de la noche. Estaba vivo y eso era suficiente. La oscuridad amparaba su debilidad inerme y los destellos de su locura. "



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