Dossier K (fragmento)Imre Kertesz

Dossier K (fragmento)

"Dos veces se escapó, una vez de una columna de marcha, la otra del ladrillar de Óbuda, desde donde salían ya los transportes rumbo a Auschwitz. Me contó cómo, pero ya no lo recuerdo con exactitud. Al final encontró un refugio «seguro» en el gueto de Budapest. Después de la liberación de la ciudad se enteró de que Laci Seres había sido visto por última vez en una marcha de la muerte que se dirigía a Austria. Murió. Mi madre estaba desolada. Conservó, sin embargo, el piso de la calle Zivatar: un oficial de la Gestapo le echó el ojo al piso en el verano de 1944 y, antes de que mi madre se trasladara a la «casa de la estrella amarilla», firmó con ella un contrato en toda regla, algo así como que se quedaba la vivienda en custodia. Desde luego, esto sólo podía ocurrirle a mi madre. Como el hecho de que, antes de abandonar el país, el hombre le devolviera la casa en perfecto estado, incluida la última taza de café. Pues sí, así era la vida por aquel entonces. Fausto pactó con el diablo; mi madre, con un oficial de la Gestapo, y le fue mejor. Puede que el oficial de la Gestapo fuera un hombre decente, como suele decirse, pero también es posible que fuese un asesino múltiple: este aspecto del asunto no interesaba en absoluto a mi madre. Y no creas que la causa residiese en la indiferencia moral: no, en lo que respecta a las cosas que no le afectaban de forma directa, como, por ejemplo, la política, mi madre padecía simplemente de daltonismo; éste es, creo, el concepto más acertado. Poco después empezó a cortejarla un viejo amigo, un ingeniero, experto en técnica de vacío. Es todo lo que sé. Los ingenieros suelen ser personas aburridas; sea como fuere, tío Árpád (así se llamaba) lo era, siempre y cuando no se tratase de la técnica de vacío, que a mí, a decir verdad, me interesaba bien poco. Mi madre tenía otro admirador, un comerciante de pianos. Era un hombre achaparrado, sanguíneo e ingenioso, no tan guapo como el ingeniero, por supuesto, pero yo podía mantener con él entretenidas conversaciones sobre música. Recuerdo que tratábamos de convencer a mi madre de que Bartók componía una música profundamente melodiosa. Eran noches divertidas. El señor Kondor, el comerciante de pianos, vivía en la otra punta de la ciudad, por allá en el Zugló. Me acuerdo perfectamente del duro invierno de 1946-1947. El señor Kondor venía a Buda a pie, cruzando el único puente que quedaba, y se calentaba las manos en la salamandra instalada con urgencia en lugar de la estufa de azulejos. Mi madre le ofrecía polenta, y el señor Kondor siempre traía alguna exquisitez del mercado negro. La conversación no tardaba en centrarse en la música, y yo intentaba silbarle a mi madre la melodía del primer concierto para violín de Bartók, mientras el señor Kondor asentía vivamente. "


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