Los caníbales (fragmento)Álvaro do Carvalhal

Los caníbales (fragmento)

"La bóveda azul del cielo iluminaba con millones de estrellas las torres, los obeliscos y las arcadas de la decrépita arquitectura de la ciudad. Era una noche muy apacible. Sin embargo, la atmósfera hacía recordar los hielos de Siberia. En contraste, en el salón del baile brotaba una primavera audaz y resplandeciente. La vertiginosidad de los valses dispersaba alientos que iban transformándose en insanias febriles.
¿Quién no sabe lo que es un baile? Y, pese a ello, siento la tentación de describirlo, sin ignorar que en ello se advertirá falta de modestia y un trabajo verdaderamente innecesario. Mil poetas, en la ponderación de sus primorosos versos, han sabido pintarlo sin omitir ninguno de los matices que lo hacen relumbrar. Mejor será, por tanto, que el lector vea la descripción de mi baile en cualquier poema artísticamente imaginativo, porque en esto de las descripciones no se suele salir del propio terreno. ¡En caso contrario, aquí le ofrezco las pinceladas de un rápido esbozo!
Las flores más olorosas, en gigantescos jarrones de esmaltada porcelana; el arte revelándose por todas partes, en los marcos de los espejos, en los cuadros, en los techos dorados; emanaciones balsámicas que se exhalan en esos recintos encantados; a lo lejos, una música voluptuosa, no sé de qué inspirado maestro; y, resaltando sobre todo, animadas parejas con mucha vida y mucho amor que se abandonan a la efervescencia de las danzas, corriendo ahora bajo una irisada mezcla de colores para, livianos, separarse inmediatamente bajo las miradas curiosas de aquellos que se contentan con observar, apoyados con cierto aire estudiado sobre el mármol de las columnas o recostados sobre las voluptuosas otomanas.
El sol majestuoso de un hermoso día de verano no se proyecta más radiante sobre las alas y sobre los pétalos, ricamente adornados, de mil mariposas y de mil flores, que aquellos centenares de brillantes soles artificiales de los relucientes cristales sobre las vestimentas suntuosas que las damas arrastraban por las aterciopeladas alfombras.
Del mismo modo en que durante las libaciones en honor del astuto Baco, a las que los sacerdotes y las sacerdotisas acceden indiferentes o, incluso, decaídos, para después, al levantar la vigésima copa del efervescente licor, mostrar sus ojos chispeantes y desgreñarse el cabello bajo el evohé del entusiasmo, de ese mismo modo también en aquel baile la ebriedad de los placeres había despertado adormecidos sentimientos.
Con todo, destacaba allí una escena desalentadora y turbadora que, principalmente, afectaba a algunos observadores que ni se molestaban en ocultar el frenesí que los embargaba.
Historias del corazón, sin duda.
Margarida es una de esas mujeres fatales que despiertan una atracción irresistible. Al estar soltera, el hombre que por desgracia se ha fijado en ella quiere ser un Romeo; y de estar casada, no escasearían Werthers que se reventasen el cráneo para ser merecedores de su nostalgia.
En el brillante séquito no faltaba ni el noble distinguido, ni el brasileño sin títulos, cosa extraña en regiones sublunares. Ella era el ídolo venerado por todos los creyentes.
Pero, ¿por qué estará en el baile tan triste y distraída? Apoya melancólicamente la cabeza sobre el hombro de su pareja y ni siquiera escucha sus amorosas palabras, sumida en aquella femenina rêverie que es, para el hombre que ama, un infierno de torturas.
Dan las once. Ella se estremece y dirige por última vez la mirada hacia la puerta de entrada. Después, desfallecida, exhala un suspiro y se deja arrastrar, como insensible, bajo el revolotear de las mazurcas.
En aquel preciso instante, dos caballeros fumaban en una sala apartada, uno se apoyaba con peculiar dandismo en el friso de una chimenea rematado con caprichosos florones; el otro permanecía postrado en una silla y con las piernas cómodamente cruzadas frente a las ardientes brasas. Mantenían un diálogo comedido y monótono. "



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