Los dos caminos de la filosofía (fragmento)André Glucksmann

Los dos caminos de la filosofía (fragmento)

"Esperaban hacerme callar de una vez por todas, eliminarme de la vida pública, borrarme de las mentes y de las memorias. Poco importaba que fuera exiliándome o mandándome ad patres, el objetivo era convertirme en inaudible, expulsado para siempre. ¡Jaque mate! Me las arreglé para que no fuera así. Legué una muerte meditada y elegida para el buen recuerdo de algunos amigos escandalizados y otros más anónimos, hastiados al descubrir de repente la pulsión mortífera que hervía bajo una ciudad de tan buen humor presa de una omerta tan democrática. Último regalo a mi buena ciudad de Atenas: al negarme a huir, al someterme al veredicto, di la lata, incordié, alteré, una inefable última vez, su reposo animal. Ésta es la vocación de Sócrates según Platón, yo despierto «como un tábano estimularía a un caballo grande y de buena raza, pero un poco fofo a causa de su tamaño y al que hay que excitar». ¡Atención, doy picotazos y mi última picada es la buena!
Mientras Antifón me pone en la picota como «pedagogo de infortunio», yo estoy en la gloria, saboreo la situación. ¡Oh, Agamenón!, almirante perdido de los navíos enviscados ante Troya, te veo agonizar por las injurias del adivino Calcas. «¡Silencio!», gritaste, cual animal lleno de rabia, «¡silencio!, ¡profeta del infortunio!». El desprecio del rey de los aqueos tampoco soportaba las malas noticias y los sombríos presagios. Los antiguos griegos, como vosotros, se inclinan al eufemismo; no conviene evocar el mal y sobre todo no hablar mal del mal. Aquel (o aquella) que se arriesga a prever el soplo de las catástrofes o predecir su eventualidad no es ni apreciado ni escuchado. Casandra predica en el desierto. Quien se atreve a denunciar la podredumbre, la corrosión y la corrupción no tiene buena prensa. Cuando Tiresias escruta la peste que se apodera de Tebas, el rey Edipo lo acusa de complot. En cambio, la Civilización –con ce mayúscula– se permite vengar a las Antígonas que defienden lo contrario de las euforias ambientales. Ésta es la línea que yo reivindico. Pasa por Rabelais, Montaigne, Shakespeare y Pushkin. "



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