Una garza blanca (fragmento)Sarah Orne Jewett

Una garza blanca (fragmento)

"La señora Tilley, sorprendida, prestó atención a todo esto, pero Silvia seguía observando al sapo, sin adivinar, como tal vez lo hubiera hecho en ocasión de mayor calma, que el sapo lo que quería era llegar al agujero de su refugio nocturno que estaba bajo el quicio de la entrada, cosa que le estorbaban aquellos raros espectadores, en hora tan tardía. Por mucho que pensara, no podría decidir aquella noche cuántos tesoros ambicionados hubiese podido comprar con aquellos diez dólares de que se hablaba con tanta displicencia.
Al día siguiente, el joven cazador anduvo vagando por el bosque y Silvia lo acompañó, pues ya había perdido el miedo que en un principio le inspiró el joven, quien resultaba cada vez más afable y simpático. Contó a la niña muchas cosas acerca de los pájaros, de lo que sabían, de dónde vivían y de lo que regularmente hacían. Le regaló una navaja de muelles, que ella consideró un tesoro tan grande como si hubiera estado en una isla desierta. Durante todo el día él no le ocasionó ninguna inquietud ni le causó miedo, salvo cuando abatió a un confiado pajarito que estaba en una rama. A Silvia le habría simpatizado mucho más si no llevara la escopeta; no comprendía por qué motivo daba muerte a los pájaros que tanto le gustaban. Pero al caer la tarde, Silvia seguía observando al joven con cariñosa admiración. Nunca había visto una persona tan encantadora y deliciosa; el corazón de mujer, dormido en la niña, se conmovió vagamente, como en un sueño de amor. Una especie de premonición de esa gran fuerza agitaba y mecía a aquellos jóvenes que cruzaban por el bosque majestuoso, guardando un silencio que no rompían con sus callados pasos. Se detuvieron a oír el canto de un pájaro; reanudaron la marcha, apartando las ramas, hablando entre sí pocas veces y sólo con murmullos; el joven adelante y Silvia unos cuantos pasos atrás, fascinada, con los grises ojos ensombrecidos por la emoción.
Se sentía apenada porque la anhelada garza blanca fuera tan difícil de encontrar, pero no guiaba al visitante, sino que sólo lo seguía y nunca hablaba ella primero. El sonido de su propia voz la habría aterrorizado, y hasta le resultaba difícil contestar sí o no, cuando era necesario. Caía la tarde y ambos comenzaron a arrear la vaca hacia la casa. Silvia sonrió con gusto cuando llegaron al lugar donde había oído el silbido que le inspiró tanto miedo la noche anterior.
Como a un Kilómetro de la casa, en la orilla más lejana del bosque, donde el terreno era más alto, había un gran pino, el último de su generación. Nadie sabría decir si se le había dejado ahí como señal de lindero, o por qué otra razón; los leñadores que habían derribado a los compañeros de aquel árbol, habían muerto y estaban sepultados desde hacía mucho tiempo, y de nuevo había crecido en derredor todo un bosque de robustos árboles: pinos, robles y arces. Pero la majestuosa cabeza de aquel viejo pino se elevaba por encima de todos, y podía verse desde el mar y de la costa a muchos kilómetros de distancia. Silvia lo conocía muy bien. Siempre había creído que quien lograra trepar a la copa podría ver el océano; y la niña con frecuencia había apoyado la mano en el grande y rugoso tronco, mirando hacia arriba, anhelosa, aquellas oscuras ramas que el viento mantenía siempre agitadas, por caliente y quieto que estuviese el aire abajo. Ahora pensaba en el árbol con un nuevo interés, porque se decía: si alguien logra subir allá al despuntar el día, ¿no podría ver el mundo entero, y descubrir fácilmente el lugar de donde volaba la garza blanca, para señalarlo y encontrar al fin el oculto nido? "



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