Sibyl (fragmento)Benjamin Disraeli

Sibyl (fragmento)

"El crepúsculo de verano se había ido desvaneciendo gradualmente para dar paso a una encantadora noche. La luna joven, siempre cortejada por las estrellas, brillaba como una hoz en la bóveda cárdena del cielo. De toda esa multitud luminosa de astros el único visible era Héspero; y una brisa que traía el último abrazo de las flores al sol soplaba lánguida y caprichosamente acariciando la tierra quieta y perfumada.
La luz de la luna se derramaba sobre el tejado y el jardín de Gerard. Su resplandor inundaba toda la cabaña, excepto el emparrado del porche donde la profunda oscuridad le negaba la entrada. Los alrededores de la casa estaban cubiertos de macizos de flores y de hierbas bien dispuestos y resplandecientes, de forma que podía rastrearse hasta la más pequeña huella o distinguirse casi todas las hojas. De vez en cuando, soplaba el viento, y los guisantes de olor susurraban desde su sueño o las rosas temblaban como si tuvieran miedo de ser despertadas de su placentera siesta. Un poco más lejos, los árboles frutales recogían el esplendor de la noche como un grupo de sultanas enjoyadas que tomaran el aire en el jardín, cuando ya no puede profanarlas la mirada de ningún hombre. Había manzanas que rivalizaban con los rubíes, peras del color del topacio, un ramillete de ciruelas, algunas moradas como la amatista, otras azules y brillantes como el zafiro; aquí una esmeralda, y más allá una gota de oro que refulgía como el diamante amarillo de Gengis Khan.
¿Y dentro de la casa el momento era menos grato? Una única lámpara proyectaba sobre la estancia una luz suave pero suficiente. La biblioteca de Stephen Morley se había trasladado ya, pero los libros no habían desaparecido en su totalidad, porque los estantes distaban de estar vacíos. Había devocionarios, algunos libros de historia de la Iglesia, uno o dos sobre arte eclesiástico, varias obras de nuestros últimos dramaturgos, algunas reimpresiones de nuestras crónicas, y muchos pergaminos de música litúrgica, que formaban incluso una notable colección. Sin embargo, no había un solo instrumento musical, y el único cambio en el mobiliario desde que visitamos la habitación de Gerard era la presencia de una silla de respaldo alto de estilo antiguo, preciosamente labrada, y un retrato de una santa encima de la repisa de la chimenea. En cuanto a Gerard, estaba sentado con la cabeza apoyada sobre su brazo, y este extendido encima de la mesa, mientras escuchaba con gran interés la lectura de un libro en voz de su hija, a cuyos pies se había tumbado el fiero y leal mastín.
—Así que ya ves, padre mío —dijo Sybil con entusiasmo, poniendo el libro sobre la mesa sin acabar de soltarlo—, ni siquiera entonces estaba todo perdido. El obstinado conde se replegó más allá de la línea del río Trento, y pasarían años y reinados antes de que en esta parte de la isla se aceptaran sus leyes y costumbres. "



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