Los parientes ricos (fragmento)Rafael Delgado

Los parientes ricos (fragmento)

"Al salir de la casa del padre Anticelli, doña Dolores iba preocupada y triste. «¿Por qué, se decía, por qué me ha dicho el padre todas esas cosas? No parece sino que mis hijas son malas; no parece sino que mis sobrinos son unos perdularios. Lo cierto es que ambos tienen sangre ligera. El mayor es más simpático y más parlanchín; el otro es medio romántico y melancólico; los dos son afables, correctos y finos, y no hay motivos para pensar mal de ellos. El padre Anticelli no gusta de la educación que se da en París y, sin duda, que por ese motivo no le han sido simpáticos esos pobres muchachos».
Mas la creencia firme que la dama tenía en la virtud, en el talento y en el mundo del padre Anticelli, la obligaba a pensar muy seriamente en cuanto acababa de decirle el excelente sacerdote. El amor de la dama para su hija Elena era grandísimo, y la desgracia de la joven, ciega desde hacía varios años, a consecuencia de una fiebre, de una enfermedad que, al decir de todo el mundo, no había sido conocida de los facultativos, duplicaba en la madre la ternura con que amaba a su hija. Ésta era buena, sí, muy buena, y nadie tenía motivo para dudar de su buena índole y de su inclinación a la virtud. Elena era viva, cariñosa, afable, hasta dulce, y aunque apasionada e impetuosa en ocasiones, la menor advertencia era bastante para que la ceguezuela entrara en razón. De niña, cuando la reprendían por alguna travesura, por su falta de aplicación en la escuela o por algún capricho suyo que no era conveniente satisfacer, la chiquilla se rebelaba contra la autoridad materna, y rogaba, suplicaba, y volvía a rogar y volvía a suplicar, y a una nueva y terminante negativa, la muchacha exasperada lloraba, gritaba, se mesaba el cabello, y más de una vez arrojó lejos para hacerlo pedazos el primer objeto frágil que tenía delante, un plato, una copa, un vaso, o cualesquiera juguetes de los que había en la sala. Pero a los trece años mudó de carácter; se tornó bondadosa, dulce, dócil y sumisa. Parecía melancólica y triste, y tanto que aquellas añoranzas, impropias en niña de tan corta edad, llegaron a preocupar, muy seriamente, a doña Dolores, la cual pudo observar en su hija cierto arrebatado entusiasmo para todo aquello que emprendía la chica, siempre que le era presentado como nuevo y flamante. Una labor, una lección de música, un libro nuevo era motivo en Elena para que trabajara horas y horas; para que no dejase el piano hasta después de medianoche, o para que, leyendo el libro que la traía en vilo, no pensase ni en comer ni en dormir. El estudio de la música le era difícil, y el maestro llegó a declarar que en Elena no había aptitudes positivas para el divino arte. La cuidadosa madre supo aprovechar en bien de la niña tales y tan repentinos entusiasmos y Elena progresó en la escuela y adelantó en la música de tal modo que maestras y maestros se hacían lenguas de la joven, a quien pronto fue preciso vestir de largo. Como la familia había venido a menos ya las muchachas no iban a bailes, y en el teatro no se las veía sino de tarde en tarde, cuando había ópera, allá por diciembre, y eso solamente en una función. Don Ramón lo dijo con toda claridad. «¡Nada de fiestas ni de teatros, que no está la Magdalena para tafetanes!». Elena al oír esto, exclamó:
—¡Sí, papá! No te apenes ni te contraríes. ¡Tan contentas en casita como en fiestas y teatros! No iremos más, y no porque tú no puedas gastar en diversiones, sino porque nosotras no queremos ir. ¿Fiestas? ¿Qué mejores que las que nos proporciona tu cariño? ¿Opera? Ahí está el piano, y Margot y yo tocaremos hasta causar la desesperación en los vecinos.
Vino la enfermedad. Elena estuvo entre la vida y la muerte. Salvó… pero quedó ciega. Don Ramón hizo los mayores sacrificios para conseguir que su hija volviera a ver la luz del día. Fueron a México, consultaron allí a los más famosos especialistas, pero todo fue inútil.
Regresaron tristes, abatidos y sin esperanzas. Vino la ruina y vino la desgracia. Don Ramón principió a declinar visiblemente, y una insuficiencia valvular se lo llevó en tres meses.
No bien Elena quedó ciega todos pudieron observar, incluso el maestro, que el talento musical que en la joven había parecido rudo y torpe se desarrolló en ella por modo prestigioso. Se afinó su oído, la memoria fue en aumento, y era cosa que asombraba ver cómo, apenas oía una pieza, y no juguetillos de baile despreciables y vanos, sino obras del repertorio clásico, ya la tocaba Elena, Margarita acudía en ayuda de su hermana y la obra quedaba puesta, y era ejecutada magistralmente, con expresión y con un sentimiento incomparables. La joven, que antes era melancólica y tristoncilla, se tornó jovial, bulliciosa y festiva. Padecía algunas veces desalientos y languideces, pero eran cortos, y a poco ya estaba cantando, como un pajarillo en día primaveral. Raro contraste el de aquella poética desgracia y el de aquella irreparable alegría. Ruiseñor ciego, Elena tenía su constante noche, arpegios y trinos en que vibraba y palpitaba toda la jubilosa exuberancia de los quince años. "



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