Reyes de Alejandría (fragmento)José Carlos Llop

Reyes de Alejandría (fragmento)

"Pero antes, a babor, había algo que no he citado, que no podía citar entre las líneas anteriores y que sin embargo estuvo ahí siempre. Cuando llegué, mientras viví en la ciudad y al marcharme. A babor estaba la ciudad de los muertos, Montjuic, el monte de los judíos. Porque Barcelona recibe al pasajero con sus muertos sembrados en abanico en la ladera. Los muertos contemplan al viajero que llega, atrapado en las aguas muertas del puerto y el puerto es una Estigia más, sólo que yo, entonces, no lo sabía. Aunque Puig Antich fuera uno de los enterrados del Monte de los Judíos, no pensaba en el puerto como en la Estigia, ni en las gaviotas como mensajeros de un lado y de otro: mensajes del reino de los muertos al reino de los vivos y al revés. Y luego un puesto de la Guardia Civil y un agente dando el alto.
Barcelona era una ciudad de árboles y edificios sólidos y muy bellos, ennegrecidos por el humo y el hollín industrial. Barcelona era una ciudad gris marengo y verde -todas las gamas del verde trepando hacia el cielo-, cruzada por bonitos taxis negros y amarillos. Barcelona olía a electricidad y a una niebla transparente que surgía de las bocas del metro e impregnaba la ropa. Barcelona era una ciudad de cúpulas y estatuas y columnas y templetes neoclásicos. Barcelona era una ciudad donde las enredaderas se habían hecho de piedra esgrafiada y los suelos de sus casas parecían alfombras orientales tejidas con ladrillos y mosaicos de colores. Barcelona era una ciudad donde la arquitectura racionalista elevaba aquí y allá su modernidad en una especie de juego berlinés camuflado entre el Modernismo. Las maderas de las ventanas estaban pintadas de blanco y las galerías y miradores y balcones hablaban de la vida interior de las casas: en el deseo habitaba la imaginación de que esa vida era más europea. "



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