Después el banquete (fragmento)Yukio Mishima

Después el banquete (fragmento)

"Desde la mañana en que recibió la llamada telefónica de Nagayama, Kazu se había tornado presa de sus ensoñaciones. Las llamas de la vitalidad ardían de nuevo; el tedio de su vida moribunda había desaparecido sin dejar rastro y sentía que habían comenzado los días de pugna con sus impulsos temerarios.
Para ser de invierno, aquel día había sido anormalmente cálido. Por la tarde Kazu asistió en el auditorio de Ginza a un recital de piano interpretado por la hija de cierto industrial que frecuentaba el Setsugoan. Cuando entre dos luces, y desde una ventana del quinto piso, contempló Ginza, claramente visible la imagen desacostumbrada de la línea desigual de los tejados, Kazu experimentó por la calle un afecto que nunca le había inspirado.
Aquí y allá comenzaban a brillar las luces de neón, y a lo lejos, la estructura metálica y las grúas de un edificio en construcción, tendidas en diagonal contra el pálido azul del cielo, se dibujaban punteadas de lucecitas intermitentes: el panorama que desde allí se contemplaba parecía exactamente el de un extraño puerto que flotara sobre la tierra. Un globo publicitario rojo y blanco, que había descansado de su trabajo diurno sobre la terraza de una casa próxima, iniciaba ahora una insegura ascensión en el cielo del ocaso, alzando un largo gallardete con un anuncio luminoso.
Kazu advirtió cuánta gente se movía a la luz del crepúsculo por encima del nivel del suelo. Dos mujeres con idénticos abrigos rojos ascendían por la escalera de incendios de la parte posterior de una casa. Una mujer con un niño sujeto a la espalda recogía las camisas que colgaban de una cuerda tras un panel publicitario situado en lo más alto de un edificio comercial. Tres hombres con blancos gorros de cocineros habían aparecido en una sucia azotea y se encendían entre sí unos cigarrillos. Estaban desocupadas las sillas junto a las ventanas del cuarto piso de la nueva construcción al otro lado de la calle, pero Kazu captó los pies de una muchacha de medias rojas cuando cruzó sobre una alfombra verde en la parte posterior de una oficina. Había algo curiosamente pacífico en los movimientos de todas aquellas personas… Desde los tejados altos y bajos, las chimeneas lanzaban columnas de humo que se elevaban perpendicularmente en un aire casi inmóvil. "



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