La guitarra azul (fragmento)John Banville

La guitarra azul (fragmento)

"La casa, donde ella se encerró, parecía un barco navegando a toda vela en medio de una despiadada tormenta. Las ventanas crujían, el hogar de la chimenea gemía, las puertas se cerraban con un golpe seco, los agujeros de las cerraduras silbaban. A veces confundía la tormenta exterior con el sonido de su propio dolor encabritándose y desplomándose dentro de ella. Se refugió en la pequeña habitación que había sobre el taller, su habitación, la que siempre había sido de ella de tácito acuerdo. Permanecía sentada durante horas en la mecedora junto a la ventana, mientras la cría jugaba en el suelo, a sus pies. La sal que el viento traía del estuario había formado una capa neblinosa en los cristales y las gentes en la calle le parecían a Polly fantasmas que se deslizaban silenciosamente de aquí para allá.
Y entonces, el segundo o tercer día después de que yo me hubiese ido, Marcus subió del taller y, para su gran sorpresa, dio unos golpecitos a la puerta. Sus golpes eran tan suaves que le costó escucharlos con el estruendo del vendaval que soplaba fuera. Le traía una taza de té en una bandeja con un mantelito de encaje. Le preguntó a Polly por qué estaba sentada a oscuras, pero ella le contestó que aún no era de noche. «Deberías encender la luz», dijo él como si no la hubiera oído. Ella deseaba que la mirara, pero él no lo hizo. Ver el mantelito casi le hizo llorar. Él tenía grandes ojeras, parecía tan conmocionado como ella por esa cosa terrible que había irrumpido entre ellos, como las aguas pestilentes de un pozo contaminado. Permaneció de pie junto a la ventana. Tenía que inclinarse hacia delante para mirar afuera, ya que la ventana era baja y estaba en un nicho. Puso el brazo contra el cristal, apoyó la frente en el antebrazo y suspiró. Ella aspiró aquel olor familiar al aceite de relojero que él utilizaba en el trabajo, un olor que continuaba en sus dedos incluso por la mañana, antes de que se sentara en su banco. No percibió en él ninguna calidez, ni una actitud más flexible, ni comprensión. ¿Por qué había subido entonces? La Pequeña Pip estaba en su cuna, junto al fuego, tumbada boca arriba y jugando con los dedos de los pies como le gustaba hacer mientras gorjeaba. Marcus no le prestó ninguna atención; tal vez también ella había caído en desgracia. Él suspiró de nuevo. «No sé por qué volvió aquí», dijo en voz baja y en un tono como si estuviera cansado. Siguió allí inclinado mirando la calle, o simulando mirar. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com