La reina de oros (fragmento)Horacio Vázquez-Rial

La reina de oros (fragmento)

"Elena Vargas arreglaba algunas citas, por lo general nocturnas, para Mila. Conocía figurones, y hombres y mujeres verdaderamente poderosos, a los que invariablemente atraía la promesa de una hembra muy joven. Eran encuentros furtivos en pisos del Ensanche o en hoteles de tercera, alguna fiesta en que tenía que atender a más de una persona y donde la retribución solía ser muy generosa, o visitas piadosas a damas necesitadas de compañía y de consuelo que se extendían sobre sus carencias con la señora que les echaba las cartas.
Mila Solé conoció a Fernando Eguren en mayo, por obra de un acuerdo decidido por Elena. Debía ir a una celebración, el festejo de un hecho impreciso, y pasarían a recogerla después de las ocho. Eran condiciones habituales.
Un aire helado y húmedo se le pegó a la piel cuando salió a la oscuridad de la calle. Había ido por ella un chófer de uniforme, y ahora le seguía hacia el automóvil, estacionado a dos manzanas. Marchaba cuatro o cinco pasos detrás del hombre, que no se volvió en ningún momento para asegurarse de su presencia.
El coche era enorme, con la parte trasera separada de la cabina del conductor y aislada del mundo por unos visillos que cegaban todos los cristales. El lacayo abrió la portezuela y se hizo a un lado para dejarle paso.
[...]
El recorrido no fue corto. Nadie les había dicho a dónde les llevaban. Cuando el automóvil se detuvo y alguien abrió la portezuela desde fuera, vieron un cielo estrellado y sereno, y les alcanzó el sonido de una guitarra triste. Pusieron los pies sobre un sendero de grava. Abajo, a lo lejos, el mar respiraba con lentitud. Olía a pinos.
Una mujer les guió hacia la casa, una mansión de indiano, de las tantas que prosperaron en el Maresme, construidas con el sudor y la sangre de miles y miles de negros vendidos para el trabajo en los ingenios azucareros y en las plantaciones de café y algodón de América. Luces tenues se repetían en los lustres de las caobas de muebles y revestimientos. Al cesar la guitarra, sólo quedaron grillos: el silencio se oía con una claridad de camposanto. La criada les precedió por una escalera sin quejas y les hizo pasar a un salón. "



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