Vida, aventuras y peripecias del famoso capitán Singleton (fragmento)Daniel Defoe

Vida, aventuras y peripecias del famoso capitán Singleton (fragmento)

"Mientras nosotros y nuestros negros buscábamos provisiones y oro, el platero cortaba más y más figuras en sus placas de plata y hierro. Era ya muy hábil y hacía verdaderas obras de arte, que representaban elefantes, tigres, gatos de algalia, avestruces, águilas, aves, cráneos, peces, y todo lo que le pasaba por la imaginación. La plata y el hierro ya casi se habían agotado, por lo cual comenzó a trabajar en oro muy batido.
El rey de uno de los poblados cercanos a nuestro campamento vino a saludarnos y el platero, al verle muy encaprichado con sus figuras, le vendió un elefante recortado en una finísima lámina de oro, a un precio absurdo. Le agradó tanto, que no paró hasta que le obligó a aceptar un puñado de polvo de oro —como lo llamaban ellos— que lo menos pesaba nueve onzas. El oro del elefante no pesaría más de una pistola. El platero era tan honrado, que puso el oro en nuestro fondo común, a pesar de que el trabajo y la habilidad eran suyos. No había motivo para tener envidia a nadie, pues, según nos dijo el inglés, en vista de que teníamos provisiones, armas con qué defendernos y nada que nos apresurara, estaba seguro de que acumularíamos tanto oro, que llegaríamos ricos a la costa. Si lo deseábamos, en poco tiempo podíamos llegar a recoger hasta un centenar de libras por barba. Añadió que aunque tenía motivos para estar harto de aquel país, nos indicaría un sitio, algo más al Sudoeste, donde podríamos instalar nuestro campamento en medio de una comarca fértil que nos facilitaría el abastecimiento. Desde allí podríamos seguir todos los arroyos, durante dos o tres años, seguros de que no nos había de pesar el tiempo transcurrido en aquel trabajo.
Sin embargo, no convenció a nadie la proposición, pues sentíamos más deseos de regresar a casa que de ser ricos, cansados como estábamos de un año de vagabundear por montes y desiertos, entre fieras y salvajes.
Con todo, nuestro camarada tenía tal habilidad para hablar, sabía persuadir tan fácilmente, que no podíamos resistir sus sugerencias. Nos dijo que era inconcebible no recoger los frutos de nuestras penalidades, ahora que estábamos llegando al cabo de ellas. Los europeos se enfrentaban con toda clase de peligros, fletaban barcos y armaban verdaderos ejércitos para conseguir un poco del precioso metal, y nosotros que estábamos en el centro del país donde se escondía el tesoro, queríamos irnos con las manos vacías. "



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