La esposa imperfecta (fragmento)William Somerset Maugham

La esposa imperfecta (fragmento)

"Reflexionando sobre el pasado, mientras esperaba a Alroy Kear, me reía porque consideraba que este feo episodio de oscuridad formaba parte de la luz de inmensa respetabilidad de los últimos años de Edward Driffield. Jamás fui capaz de ver en este hombre los asombrosos méritos que como escritor le atribuían los mejores críticos; me pregunto si esto se debe a que en mi niñez pensaba que la gente lo tenía en muy baja estima. Lo cierto es que a mí nunca me dio una fuerte impresión como escritor. Por largo tiempo se dijo de él que no sabía escribir, y en verdad parecía que escribiera con un lápiz despuntado; su estilo era penoso, una mezcla de argot y clásico, y su diálogo era tal, que no parecía salir de la boca de un ser humano. En sus últimos años de profesión, cuando solía dictar sus libros, su estilo se volvió límpido y fluido; entonces los críticos, retrocediendo a sus primeras novelas, encontraron que su lenguaje tenía un nervio y un vigor que le sentaba bien a su temática. Su principal temática pertenece al período en que estaba en boga el purple patch y contiene pasajes muy descriptivos que han tenido aceptación en todas las antologías de la prosa inglesa. Sus piezas sobre el mar y la primavera en los bosques de Kent, así como las descripciones de la puesta de sol sobre el Támesis son famosas. Sin embargo, no poder leerlas con entusiasmo, como me sucede a mí, es algo mortificante.
Cuando era joven, aunque sus libros se vendían muy poco, y uno o dos de ellos estaban proscritos en las librerías, admirarle era un indicador de cultura. Se decía que era osadamente realista. Era un reto para los filisteos. La afortunada inspiración de alguien descubrió que sus campesinos y sus marineros tenían un aire shakesperiano, y cuando ese alguien aventajado reunió a todos, lanzaron gritos de éxtasis sobre el seco y picante humor de sus pueblerinos. Era una materia prima que Edward Driffield no tuvo dificultad en proporcionar. Se me caía el alma a los pies cuando te conducía al camarote de un velero o a una taberna y se te venían encima, durante seis o doce páginas, burlones comentarios sobre la vida, la ética y la inmortalidad, en dialecto local. Pero debo admitir que siempre me resultaron tediosos los payasos shakesperianos y su innumerable progenie insoportable. "



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