La vejez de Heliogábalo (fragmento)Antonio de Hoyos y Vinent

La vejez de Heliogábalo (fragmento)

"Era el café del Topado uno de esos absurdos establecimientos que no se sabe de qué ni para qué viven, y en que, ahondando un poco, encontraríamos tal vez una de las manifestaciones más curiosas de la pereza y dejadez del carácter español.
Cada uno de estos lugares representa la historia del fracaso de una voluntad, y todas las historias son semejantes; odisea de un hombre que al coger, en un azar de la vida, un puñado de pesetas, y llevado de hiperbólico imaginar, encaríñase con la ilusión de hacer una fortuna y crear una industria, y después, en el cotidiano limar del tiempo, le faltan esas dos supremas palancas que se llaman la constancia y la voluntad.
Va cayendo entonces poco á poco en un indiferentismo fatalista, viendo enmohecerse su negocio y languidecer su establecimiento, que llega á no tener otra razón de ser que la tertulia del amo. Así arrastra una vida trabajosa, hasta que al fin, muerto él, no quedan de los pretéritos esplendores sino polvorientos anaqueles, desazogados espejos, rotos divanes y sucios veladores, enriquecidos por la porquería y el tiempo con extraños arabescos y que, vendidos, apenas si bastan á cubrir las pequeñas deudas contraídas en la última enfermedad del propietario.
El café del Topacio, pese al aspecto equívoco que le imprimían las tupidas cortinillas, los esmerilados vidrios, el tablado entrevisto al través de la puerta, y pese también á los palmoteos y jipíos que se oían de vez en cuando desde la calle, más que nefasto antro de placeres era morada del tedio.
Hubo un tiempo, allá por los lejanos de su fundación, en que su dueño, Cipriano Arteta, soñó con hacer del chiscón algo así como el templo de Terpsícore, sin olvidar á la eximia doña Venus, que también tendría fastuoso altar. Por aquellos días no brilló astro en el arte peregrino de la danza, ni en el más secreto y recatado del amor, que Cipriano no intentase atraer á su casa con ofertas tentadoras de fabulosas contratas, ni corrióse juerga de postín que no tuviese por último y supremo puerto el brillante salón, ni dama ligera dé cascos que no sintiese la comezón de asomar por allí. Fueron los días dichosos de rivalidad con el de la Aduana y el del Brillante. Luego… las cosas cambiaron; los gustos corrieron por otro cauce y un velo de olvido cayó sobre el flamenco paraíso. Arteta, sin humor ni voluntad ya para evolucionar con las costumbres, y encariñado con aquel género de existencia, comenzó á vivir del pasado, y una gran indiferencia enseñoreóse de él, oponiendo á las severidades del destino un encogimiento de hombros y una perpetua queja de labios afuera. "



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