Los silencios del doctor Murke (fragmento)Heinrich Böll

Los silencios del doctor Murke (fragmento)

"Todo el mundo vegetal está sometido a determinadas leyes biológicas y los abetos arrebatados a la madre tierra se sabe que tienen una molesta tendencia a perder sus agujas, especialmente si están en sitios calientes; en la casa de mi tío hacía calor. La duración de un abeto real es mayor a la de los pinos comunes, como lo demostró el doctor Hergenring en su conocido trabajo Abies vulgaris y abies nobilis. Pero la vida del abeto real tiene sus límites. En vísperas de carnaval, hubo que convencerse de que mi tía empezaba a sufrir: el árbol perdía rápidamente sus agujas y por la noche, cuando todos cantaban, se advertían unas ligeras arrugas en la frente de mi tía. Siguiendo el consejo de una verdadera eminencia en psicología, se intentó charlar, en un tono ligero, de la posibilidad de que pronto terminaría el tiempo de Navidad, pues ya los árboles empezaban a brotar, lo que normalmente es una señal de la venida de la primavera, mientras que en nuestras latitudes la palabra Navidad nos sugiere imágenes invernales. Mi tío, astutamente, sugirió una noche entonar Ya han llegado todos los pájaros y Ven, querido mayo, pero ya en el primer verso de la primera canción puso mi tía una cara tan seria, que inmediatamente fue interrumpido y se empezó a cantar O Tannenbaum. Tres días después se encargó a mi primo Johannes la misión de hacer un ligero intento de despojar al árbol de algún adorno, pero en cuanto alargó la mano y quitó a uno de los enanos el martillo de corcho, empezó mi tía a gritar tan fuerte, que rápidamente se volvió a poner al enano su martillo, se encendieron las velas y empezaron a cantar, un poco atropelladamente, pero muy fuerte, la canción Noche feliz, noche de paz.
Pero ya no había paz en las noches; grupos de jóvenes muy animados recorrían la ciudad cantando y tocando trompetas y tambores. Todo estaba cubierto de serpentinas y confettis, las calles estaban todo el día llenas de niños disfrazados, que disparaban pistolas, chillaban, algunos hasta cantaban, y una estadística hecha por un particular demostró que por lo menos había 60 000 cow-boys y 40.000 princesas de las Czardas, recorriendo nuestra ciudad: en fin, que estábamos en Carnaval, unas fiestas que entre nosotros se celebran casi con más entusiasmo que las Navidades. Pero mi tía parecía estar ciega y sorda: criticaba el que hubiera disfraces en los armarios, cosa que ocurre irremediablemente durante estos días en todas nuestras casas; con voz doliente se lamentaba de la pérdida de sentido moral, pues ni siquiera en el tiempo de Navidad se podía prescindir de esas perniciosas costumbres. Y cuando un día encontró en el dormitorio de mi prima un globo desinflado, pero en el que se notaba aún dibujado con pintura blanca un gorro de bufón, rompió a llorar y pidió a mi tío que prohibiera la entrada en la casa de aquellos pecaminosos objetos. "



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