Pureza (fragmento)Jonathan Franzen

Pureza (fragmento)

"El sol se había vuelto implacable. Pip se dejó caer de costado, como si la hubiera empujado la fuerza del calor, con la cabeza ida. Se sentía como si, durante un momento, le hubieran abierto la cabeza y le hubieran revuelto vigorosamente los sesos con una cuchara de palo. Aún estaba muy lejos de someterse a Andreas, muy lejos de permitir que se adueñara de ella, pero durante un momento él había estado tan dentro de su cabeza que Pip había llegado a entender cómo era eso posible: cómo podía ser que Willow cambiara de sentimientos como cambian de color los pulpos, sólo porque él se lo dijera; y cómo podía Colleen vivir atrapada en una situación que odiaba, debido al deseo de algo que sabía que nunca iba a obtener de alguien a quien consideraba un gilipollas. Durante un momento, en el interior de Pip se había abierto una grieta abominable. A un lado quedaban su sentido común y su escepticismo. Al otro, una vulnerabilidad que sentía en todo el cuerpo y que no tenía nada que ver con ninguna que hubiera experimentado hasta entonces. Ni siquiera en los momentos más culminantes de sus preocupaciones con Stephen había deseado ser un «objeto» para él; no había fantaseado con la posibilidad de «someterse», de «obedecer». Pero ésas eran las características de la vulnerabilidad que Andreas, su fama y su confianza en sí mismo habían despertado en ella. Ahora entendía mejor por qué Annagret había sido tan despectiva con la debilidad de Stephen.
Se obligó a enderezar la espalda y abrir los ojos. Todos los colores que la rodeaban sumaban a su propia tonalidad la del blanco radiante. En el bosque, al otro lado del río, gemía la motosierra. ¿Cómo podía haber creído que tenía la menor idea de dónde estaba? No tenía ni idea. Aquello era un grupo de culto, aún más diabólico precisamente por simular que no lo era.
Se levantó y regresó al granero, se hizo con la primera tableta que encontró disponible y se la llevó a la umbría, en la orilla del río. Desde que había llegado allí, cada dos días mandaba un correo entusiasta para su madre, a la dirección de Linda, una vecina. Linda había contestado un par de veces para informarle de que su madre estaba «algo floja» pero «iba tirando». Pip había construido la ficción de que era imposible llamar por teléfono desde Los Volcanes —¿de qué le servía estar allí si tenía que llamar a su madre cada día?— y en aquel momento le entraron las dudas antes de activar la aplicación que se usaba en el SP como equivalente de Skype. Ceder del todo y llamar a su madre casi implicaba reconocer que no era capaz de sobrevivir allí; que ya se estaba marchando. Sin embargo, parecía que la situación había adquirido el rango de urgente. No le gustaba que le revolvieran los sesos con una cuchara de palo. "



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