Diarios de damas de la corte de Heian (fragmento)Murasaki Shikibu

Diarios de damas de la corte de Heian (fragmento)

"Su majestad debía volver al palacio del emperador el día diecisiete. Nos habían ordenado estar a punto a la hora del Perro, pero pasó la noche entera sin que nos pusiéramos en marcha. Éramos unas treinta damas: con el cabello perfectamente peinado, estábamos sentadas, esperando. No era fácil reconocerse en plena noche. Aguardábamos en la galería del sur, y una puerta lateral nos separaba de las diez o más damas de la casa imperial que ocupaban el aposento que daba a la galería este.
Su majestad compartía el palanquín con su portavoz Miya no Senji. Detrás de ellas, en un carruaje muy ornamentado, iban la esposa de su excelencia y la nodriza Sho, llevando el niño. Las damas Dainagon y Saisho iban detrás en un coche con adornos dorados, y las seguían Koshosho y Miya no Naishi. Yo viajaba detrás de ellas, compartiendo carruaje con Muma no Chujo, consorte del teniente general encargado de los establos reales, pero mi compañera parecía sentirse molesta por mi presencia. ¿Por qué se mostraba siempre tan altiva y distante?, me preguntaba, y su actitud mezquina me ofendía. Seguían las damas Jiju y Ben no Naishi, Saemon y Shikibu en sus palanquines respectivos. A partir de aquí ya no había un orden «oficial» y cada cual iba a donde quería y con quien quería.
Cuando llegamos, el resplandor de la luna era tan intenso que tenía ganas de esconderme. Dejé que me guiara la esposa del teniente general, y cuando vi que tampoco ella sabía adónde se dirigía, pensé que formábamos una pareja absolutamente ridícula.
Al fin entré en mi aposento (el tercero contando por el final de una de las galerías exteriores), y me eché en la cama para dormir. Koshosho entró al poco rato y ambas estuvimos quejándonos de lo triste que resultaba nuestro sino. Nos quitamos las ropas de encima, que el frío había acartonado, y nos pusimos túnicas acolchadas. Mientras empezaba a añadir carbón al brasero, lamentándome de lo duro que resultaba sentirse congelada hasta el tuétano, se presentaron el chambelán asesor Sanenari, el consejero de la izquierda Tsunefusa y el capitán medio Kinobu. No puedo decir que su visita nos hiciera saltar de contento. Esperaba que aquella noche nos dejarían tranquilas, pero debió de correr la noticia de nuestra llegada.
—Volveremos mañana temprano. Esta noche hace muchísimo frío. ¡Estamos helados! —dijeron atropelladamente, y se dirigieron al pabellón de la guardia. Mientras los miraba partir, me preguntaba qué clase de mujeres los estarían esperando en sus hogares. No es que pretenda compararme con ellas, pero pensaba en Koshosho, elegante y atractiva como pocas, a la cual le había salido todo tan mal en la vida. Desde que su padre se retiró, el destino parece haberse ensañado con ella.
A la mañana siguiente, su majestad examinó los regalos que había recibido la noche anterior. Los accesorios de sus cajas de peines eran tan maravillosos que nunca me hubiese hartado de mirarlos. Había, también, un par de cajas más, y en el cajón superior de una de ellas unos libritos de papel blanco estampado, que no eran sino las tres antologías poéticas conocidas como Kokinshu, Gosenshu y Suishu, cada una de ellas en cinco volúmenes. El chambelán y consejero medio Yukinari y el clérigo Enkan habían hecho las copias. Las cubiertas eran de seda y los cordones del mismo material al gusto de China. En el cajón inferior había otras colecciones de poesía de autores antiguos y modernos como Yoshinobu y Motosuke. Los libros copiados por Yukinari y Enkan eran algo extraordinario y según la última moda, porque estaban destinados a que su majestad los tuviera siempre a mano. "



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