El miedo del portero al penalty (fragmento)Peter Handke

El miedo del portero al penalty (fragmento)

"Descubrió que tenía la extraña manía de enterarse de los precios de todo. Se quedó aliviado cuando vio que en la luna de cristal del escaparate de una tienda de ultramarinos habían escrito con pintura blanca los nombres de las mercancías que habían entrado últimamente y sus precios correspondientes. En un puesto de fruta que estaba delante de la tienda se había caído la pizarra de los precios. La puso en pie de nuevo. El movimiento fue suficiente para que alguien saliera y le preguntara si quería comprar algo. En otra tienda habían puesto un vestido muy largo encima de una mecedora. Una etiqueta en la que se había clavado un alfiler estaba junto al vestido en el asiento de la mecedora. Bloch no tenía muy claro si el precio se refería a la silla o al vestido; probablemente uno de los dos no estaba a la venta. Se quedó parado allí delante hasta que esta vez también salió alguien a preguntarle. Él preguntó a su vez; le contestaron que seguramente el alfiler de la etiqueta se había caído del vestido, pero desde luego era evidente que la etiqueta no podía ser de la mecedora; por supuesto, era de propiedad privada. Solamente había querido informarse, dijo Bloch, que ya se iba. Le gritaron dónde podría encontrar ese mismo modelo de mecedora. En un café preguntó el precio de la máquina tocadiscos. No era suya, dijo el dueño, solamente era prestada. No se había referido a eso, contestó Bloch, sólo quería saber el precio. Únicamente se quedó satisfecho cuando el dueño le dijo el precio. Pero no estaba seguro, dijo el dueño. Entonces Bloch empezó a preguntar sobre otros objetos del establecimiento pues el dueño tenía que saber sus precios, ya que eran de su propiedad. Después el dueño empezó a hablar de los baños públicos, cuyo costo de construcción había excedido con mucho el presupuesto inicial. «¿En cuánto?», preguntó Bloch. El dueño no lo sabía. Bloch se impacientó. «¿Y a cuánto ascendía el costo del presupuesto inicial?», preguntó Bloch. El dueño tampoco pudo contestar esta vez. De cualquier manera, en la primavera pasada había sido encontrado un muerto en una cabina, que probablemente había pasado allí todo el invierno. Tenía la cabeza metida en una bolsa de plástico. El muerto había resultado ser un gitano. En la región había algunos gitanos sedentarios; se habían construido unas casitas en el linde del bosque con la indemnización de daños y perjuicios que habían recibido por su detención en los campos de concentración. «Por lo visto, por dentro las tienen muy limpias», dijo el dueño. Los policías, que con motivo de la búsqueda del escolar desaparecido habían interrogado a los habitantes de las casitas, se habían quedado sorprendidos al ver el suelo recién fregado y en general el orden existente en el interior. Pero precisamente ese orden, siguió diciendo el dueño, no había hecho más que agravar las sospechas; pues seguramente los gitanos no hubieran fregado el suelo de no haber tenido un motivo. Bloch no desistió en su propósito y preguntó si habían tenido suficiente con la indemnización para la construcción de los alojamientos. El dueño no podía decir a cuánto se había elevado la indemnización. «Por entonces los materiales de construcción y los obreros eran aún baratos», dijo el dueño. Bloch dio la vuelta por curiosidad al vale de caja que estaba pegado a la base del vaso de cerveza. «¿Tiene esto algún valor?», preguntó después mientras se metía la mano en el bolsillo y ponía una piedra encima de la mesa. El dueño, sin tocar la piedra, contestó que piedras como ésa se encontraban en los alrededores cada dos pasos. Bloch no replicó. Entonces el posadero cogió la piedra, la hizo rodar un poco en el hueco de la mano y volvió a ponerla encima de la mesa. ¡Qué desilusión! Bloch guardó la piedra inmediatamente. "


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