Historia de los trece (fragmento)Honoré de Balzac

Historia de los trece (fragmento)

"En los seres organizados se efectúa un trabajo de armonía íntima. Cuando un hombre es perezoso, la pereza se revela en cada uno de sus movimientos. Del mismo modo, la fisonomía de una clase social responde al espíritu general, al alma que anima su cuerpo. Durante la Restauración, la mujer del faubourg Saint-Germain no mostró la gallarda altivez que las damas de la corte lucían antaño en sus atavíos, ni la modesta grandeza de las virtudes tardías con que expiaban sus culpas, y que derramaban tan vivo resplandor en torno a ellas. No tuvo nada de casquivana ni nada dé grave y profunda. Sus pasiones, salvo algunas excepciones, fueron hipócritas; transigió, por decirlo así, con sus goces. Algunas de estas familias llevaron la vida burguesa de la duquesa de Orleáns, cuyo lecho conyugal se exhibía de manera tan ridícula a los visitantes del Palacio Real; apenas dos o tres continuaron las costumbres de la Regencia, e inspiraron una especie de repugnancia a otras mujeres más hábiles que ellas. Esta nueva gran dama no ejerció ninguna influencia sobre las costumbres, pese a que podía mucho; como último recurso, podía ofrecer el imponente espectáculo de las damas de la aristocracia inglesa, pero vaciló neciamente entre antiguas tradiciones, fue devota a la fuerza y lo ocultó todo, incluso sus bellas cualidades. Ninguna de estas francesas fue capaz de crear un salón al que las eminencias sociales fuesen a tomar lecciones de buen gusto y elegancia. Su voz, antaño tan importante en la literatura, aquella viva expresión de la sociedad, no se dejó oír en absoluto. Y cuando una literatura no posee un sistema general, no adquiere cuerpo y se disuelve con su siglo.
Cuando, en una época determinada, se encuentra, en medio de una nación, un pueblo aparte así constituido, el historiador descubre, casi siempre, en él una figura principal que resume las virtudes y los defectos de la masa a que pertenece: Coligny entre los hugonotes, el obispo coadjutor en el seno de la Fronda, el mariscal de Richelieu bajo Luis XV, Danton durante el Terror. Esta identidad de fisonomía entre un hombre y su acompañamiento histórico está en la propia naturaleza de las cosas. Para dirigir un partido, ¿no hay que estar de acuerdo con sus ideas? Para brillar en una época, ¿no hay que representarla? De esta obligación constante en que se encuentra la cabeza sabia y prudente de los partidos, de obedecer a los prejuicios y a la locura de las masas que forman su cola, se derivan las acciones que algunos historiadores reprochan a los jefes de partido cuando, a gran distancia de las terribles ebulliciones populares, juzgan fríamente sobre las pasiones necesarias para la dirección de las grandes luchas seculares. Lo que es cierto es la comedia histórica de los siglos, es igualmente cierto en la esfera más reducida de las escenas parciales del drama nacional llamado las Costumbres.
Al comienzo de la efímera vida que llevó el faubourg Saint-Germain durante la Restauración (y a la que no supo dar consistencia, si las consideraciones precedentes son ciertas), una mujer joven encarnó pasajeramente el tipo más completo de la naturaleza, a la vez superior y débil, grande y pequeña, de su casta. Era una mujer artificialmente educada, realmente ignorante; llena de sentimientos elevados, pero falta de un pensamiento que los coordinase; que malgastaba los más ricos tesoros del alma para obedecer a las conveniencias; dispuesta a desafiar la sociedad, pero vacilante e incluso artificiosa a causa de los escrúpulos que sentía; dotada con más terquedad que carácter, más apasionamiento que entusiasmo, más cabeza que corazón; soberanamente mujer y soberanamente coqueta, parisién ante todo; amiga del esplendor y de las fiestas; irreflexiva, o de reflexión demasiado tardía; de una imprudencia que llegaba casi a la poesía; insolente en grado sumo, pero humilde en el fondo de su corazón; que hacía ostentación de la fuerza como de una caña plegable, pero, como la caña, pronta a inclinarse bajo una mano poderosa; hablaba mucho de religión, pero no la toleraba y sin embargo estaba dispuesta a aceptarla como un desenlace. "



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