Los enanos de la muerte (fragmento)Jonathan Coe

Los enanos de la muerte (fragmento)

"Al poco de sentarme en el banco de la marquesina vi que se acercaba un autobús y decidí cogerlo. La policía no podía haber difundido todavía mi descripción, o sea que ninguno de los pasajeros me reconocería. Por si acaso, pagué el billete con dinero para no mostrar al conductor el bono de transporte con mi foto. No había mirado siquiera el número del autobús ni sabía adónde iba. Lo importante era que me llevara lejos de allí lo antes posible. Me senté en el piso de abajo, al fondo, deseando que el autobús arrancara.
Y entonces, por supuesto, apareció en la parada, jadeando, la perdición de todos los viajes: el pasajero que llega en el último minuto y no tiene la menor idea de adónde va. Normalmente, un turista que apenas habla inglés y ha decidido utilizar al conductor como policía, callejero, horario de autobuses y máquina de cambio. De manera que el autobús se queda clavado allí como un millón de años, mientras el turista pronuncia el nombre de una calle de Greenwich o Richmond, y el conductor tiene que sacar su callejero y explicarle en qué parada ha de bajar y qué autobús debe coger después. A continuación el tipo intenta pagar y resulta que solo lleva un billete de veinte libras o el equivalente a noventa peniques en yenes japoneses, y el conductor tiene que buscar el cambio en el bolsillo trasero del pantalón, y entre pitos y flautas uno habría podido ir y volver de Glasgow en una litera de tren antes de que el autobús se pusiera en marcha.
Cuando al final arrancamos, empecé a relajarme poco a poco. Viajar en autobús me era tan reconfortantemente cotidiano y familiar que la horrible escena que había visto hacía apenas veinte minutos empezaba a parecerme casi absurda. En el mundo en que me hallaba ahora —el mundo de los autobuses londinenses medio vacíos del sábado por la noche que llevaban a elegantes jovencitos a fiestas, discotecas y cines— no cabía la escena tan esperpéntica de dos enanos golpeando hasta la muerte a un hombre entre chillidos… Era una estupidez. Era una locura.
Una estupidez, una locura… pero que me resultaba familiar. Enanos y muerte. ¿De qué me sonaba eso, dónde había oído hacía poco esas palabras? Lo recordé. La conversación que tuvimos los cuatro, aquella mañana que grabamos la maqueta…
¿Había encontrado una pista o era simplemente pura coincidencia? "



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