El Reino (fragmento)Emmanuel Carrère

El Reino (fragmento)

"No sé nada de su infancia ni de su adolescencia, pero me figuro que ha soñado con ser un héroe como Aquiles –valiente hasta la insensatez, que prefiere una muerte gloriosa a una vida ordinaria– o un hombre hecho y derecho como Ulises, que sale bien parado de cualquier situación, seduce a las mujeres, es conciliador con los hombres y está maravillosamente adaptado a la vida. Y que luego, al crecer, Lucas dejó de identificarse con los héroes homéricos porque ya no era posible. Porque no se parecía a ellos. Porque se vio forzado a reconocer que no formaba parte de la feliz familia de los hombres que aman la vida en la tierra, que es pródiga con ellos y es la única que quieren. Formaba parte de otra familia, la de los inquietos, los melancólicos, los que creen que la vida está en otra parte. Se supone que en la Antigüedad eran minoritarios, clandestinos, estaban reducidos al silencio, y que tomaron el poder para conservarlo hasta nuestros días gracias a nuestro tenebroso amigo Pablo, pero de todos modos disponían de portavoces gloriosos. Platón, de entrada, según el cual toda nuestra vida se desarrolla en una sombría caverna donde sólo percibimos vagos reflejos del mundo verdadero. Lucas debió de leerlo: cuatro siglos después de su muerte Platón seguía siendo muy conocido, todas las personas aficionadas a los pensamientos elevados pasaban por un período platónico. De ahí, a través de Filón, el platónico judío de Alejandría, se desvió hacia el judaísmo, como muchos de sus contemporáneos, y no se sintió desterrado. El alma estaba exiliada. En Egipto suspiraba por Jerusalén. En Babilonia suspiraba por Jerusalén. Y en Jerusalén ansiaba la verdadera Jerusalén.
Y después encontró a Pablo, que promete resueltamente la vida eterna. Pablo dice lo que ya decía Platón, que la vida en la tierra es mala porque el hombre es falible y la carne se degrada. Dice que lo único que se puede esperar de esta vida es liberarse de ella para ir donde reina Cristo. Evidentemente, el reino de Cristo es menos sexy que el de Calipso. A esos cuerpos corruptibles que resucitarán incorruptibles, es decir, que no envejecerán, no sufrirán, que sólo desearán la gloria de Dios, es mejor verlos ocultos bajo largas túnicas y entonando cánticos sin fin que nadando desnudos en el mar y acariciándose mutuamente. A mí esto me desanimaría, pero hay que admitir que no debía de desalentar a Lucas. Además no quiero caricaturizar: la extinción del deseo no es sólo el ideal de santurrones puritanos, sino de personas que han reflexionado mucho sobre la condición humana, como los budistas. Lo esencial está en otra parte: en la semejanza perturbadora entre lo que promete Pablo y lo que promete Calipso –liberarse de la vida o, como diría Hervé, «salir del atolladero»– y en la divergencia irreductible entre el ideal de Pablo y el de Ulises. Cada cual designa como el único bien verdadero lo que el otro denuncia como una ilusión funesta. Ulises dice que la sabiduría consiste en remitirse siempre al aquí abajo, y Pablo dice que la condición humana es despegarse del suelo. Ulises dice que el paraíso es una ficción, y entonces importa poco que sea hermoso, y Pablo dice que es la única realidad. Pablo, movido por su ímpetu, llega a felicitar a Dios por haber elegido lo que no existe para deshacer lo que existe. Es esto lo que ha escogido Lucas, y es en esto en lo que, muy literalmente, se ha embarcado, y me parece una gran gilipollez. Que consagre su vida entera a algo que simplemente no existe y dé la espalda a lo que existe realmente: el calor del cuerpo, el sabor agridulce de la vida, la maravillosa imperfección de la realidad. "



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