El último tramo (fragmento)Patrick Leigh Fermor

El último tramo (fragmento)

"Bebí tzuika y a continuación un buen número de aquellas mititei con un montón de vino. Estaban riquísimas, y me sentí como si no hubiese nada que me impidiese seguir tragándolas eternamente; o, ya puestos, seguir bebiendo vino. Había un sitio en Bucarest, me dijeron después, en el que la excelencia de las albóndigas se atribuía a la cocinera gitana, que, según se rumoreaba, les daba forma apoyándolas en uno de sus muslos. Los dos personajes más intrigantes de la sala eran dos tipos fornidos que estaban tomando té. Su corpulencia se debía en gran parte a sus gruesos caftanes guateados de terciopelo negro y azul oscuro, en canalé, ceñidos con sendos cinturones que hacían que el tejido cayese con mucho volumen desde la cintura hasta el suelo formando un sinfín de pliegues muy juntos, bajo los cuales asomaban unas botas mastodónticas de caña alta; los llevaban abotonados desde el cuello hasta el dobladillo con botones metálicos, tan seguidos como en la sotana de un clérigo. Uno llevaba un sombrero alto de piel y el otro un gorro negro con viserita. Las fustas apoyadas en la pared los conectaron inmediatamente con dos carretas anchas, de pescante alto y con capota, enganchadas a sendos caballos que aguardaban fuera, en el barro. Pero no era su atuendo lo que atraía mi mirada. Tenían unos groseros ojillos azules incrustados en unos rostros anchos, tersos, lisos, pero cubiertos de arrugas diminutas. Conversaban con una voz extrañamente aguda en un idioma que en un primer momento me sonó parecido al búlgaro pero que resultó ser —a juzgar por sus vocales cambiantes y sus sonidos líquidos— ruso. Salieron y se marcharon zumbando a toda velocidad con sus carretas, y yo crucé una mirada interrogadora con el cocinero. El hombre sonrió y dijo: «Muscali» («Moscovitas»), tras lo cual lo engulleron el chisporroteo y el humo. "


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