Fiebre de caballos (fragmento)Leonardo Padura

Fiebre de caballos (fragmento)

"La noche del último juego Andrés llegó temprano al estadio. Calentó bien, corrió bastante y mientras corría se acordó de su primo Sebastián. Aunque no deseaba ni pensar en él y le molestaba todo lo que le recordara al pariente, Andrés se sorprendió pensando en sus consejos, obedeciéndolos como cosa indiscutible. Lo peor era que muchas veces lo había hecho, sin notar siquiera que se trataba de las ideas de su primo. Sebastián decía que durante veinte años había sido el mejor pitcher del barrio y también el corredor más rápido. Podía robarse hasta cinco o seis bases en cada juego. Sin embargo, admitía con sinceridad que jamás fue un buen pelotero: sencillamente le faltaba coraje. “Y el pelotero tiene que tener huevos, Andrés”. Nunca se había regado en una almohadilla. Por eso no quiso firmar con los profesionales para jugar en los Estados Unidos “y es que”, decía, “Andresito, en la pelota todo se puede aprender, menos tres cosas: el poder al bate, tirar duro y ser guapo”. Después de todo a Andrés le hubiera gustado tener un primo retirado de las Grandes Ligas, amigo de Mantle, Berra, Mays y Dimaggio, el marido de Marilyn Monroe. Sobre todo de Willy Mays, un negro fibroso de quien Andrés guardaba dos postales de las que se vendían con chicles. Sebastián siempre le aconsejaba que una hora antes del juego corriera fuerte, por lo menos un kilómetro: “de esa forma”, decía “nunca te cansarás en el juego”. Esa noche Andrés corrió con una energía inusual mientras pensaba en Sebastián, en sus cabellos blancos y lacios.
Corrió más de un kilómetro y se mantuvo fuerte. En lugar de los diez batazos reglamentarios de práctica, le permitieron dar veinte. Fueron veinte líneas corticas, sobre la cabeza del primera base. Hits indiscutibles, todos iguales. Andrés se sentía en forma, jamás le había pegado con tanta facilidad a la pelota.
El juego debía comenzar a las ocho y poco antes llegaron el flaco Luis, Pello y casi todos los varones del aula. Adela había querido ir pero él se había negado. "



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