Nido de nobles (fragmento)Ivan Turgenev

Nido de nobles (fragmento)

"El caballo de Lavretsky marchaba con rítmico paso, erguida su cabeza, balanceándose, inclinándose insensiblemente ya a la derecha, ya a la izquierda; su grande y negra sombra le seguía invariablemente. Sentíase como un misterioso encogimiento con el ruido de las herraduras y algo alegre y maravilloso al oír el grito agudo y nervioso de la codorniz.
Las estrellas parecían envueltas en un transparente vapor. La luna brillaba con un resplandor muy vivo; su luz se esparcía por el cielo como torrente azulado y ornaban una franja de oro las grises nubes que se confundían en el horizonte. La frescura del aire humedecía las cejas, penetrando en todo el ser, a raudales, como una caricia vivificante, dilatando los pulmones. Lavretsky se abandonó a aquel encanto, y regocijábase al sentirlo, diciéndose: "Aún hay vida, Feodor; aún te resta la esperanza..." Y se calló, pensando. ¿En qué, en quién?
Pensaba en Lisa. ¿Podría ella, realmente, amar a Panchine? -se preguntaba. Si él, Lavretsky, se hubiera hallado en otras circunstancias, Dios sabe lo que hubiese ocurrido; quizá su agitada vida se ha bría deslizado por otro cauce más apacible. Y recordaba las palabras de Lisa: "Le suplico que no vuelva a hablarme de ello tan a la ligera".
Largo tiempo siguió con la cabeza baja; de pronto, irguióse y balbuceó:
He quemado todo lo que adoraba, y ahora adoro todo lo que he quemado.
Y picando espuelas al caballo le hizo galopar hasta la casa. Una vez hubo echado pie a tierra, se volvió por última vez, iluminando su rostro con una inconsciente sonrisa de reconocimiento.
La noche, apacible y serena, acariciadora, envolvía bajo su negro manto las colinas y los valles. Llegaba, Dios sabe de dónde, del cielo, de la tierra, un vapor, un perfume, dulcemente acariciador... La vretsky envió a Lisa un adiós con el pensamiento y apresuradamente subió por la escalinata.
La jornada siguiente fue bastante monótona: desde la madrugada, llovía. Lemme presentaba una actitud apretando sus labios más y más fuerte, como si se hubiera prometido no abrirlos más en su vida.
A punto de acostarse, Lavretsky tomó un paquete de periódicos franceses que yacían olvidados sobre una mesa desde hacía quince días. Maquinalmente púsose a romper las fajas y a recorrer las co lumnas sin que, de momento, hallara nada de su interés. Y se disponía ya a arrojarlos lejos de sí, cuando saltó cual si una serpiente le hubiera mordido. En una crónica, Julio, el cronista que ya conocemos, comunicaba a sus lectores una "infausta nueva". La encantadora, la deliciosa moscovita conocida como una de las reinas de la moda, ornamento de los salones parisienses, la señora Lavretsky, acababa de morir casi repentinamente. "Tal noticia, que desgraciadamente es bien cierta decía- me fue comunicada al instante, ya que yo era uno de los buenos amigos de la difunta..."
Lavretsky se vistió, lanzóse al jardín, y hasta la madrugada estuvo paseando, arriba y abajo, por la misma avenida. "



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