Cuentos de invierno (fragmento)Ignacio Manuel Altamirano

Cuentos de invierno (fragmento)

"Mi pasión crecía; mi tedio a la vida me daba miedo; el insomnio me quitaba la salud; pensaba en Julia en todos los instantes; y cuando en las altas horas de la noche, sin haber cerrado los ojos, la veía aparecer delante de mí, más hermosa que nunca, rechazándome triste, como aquella tarde fatal, te confieso que más de una vez descolgué mi revólver de la cabecera y acaricié el gatillo con cierta alegría febril. Allí estaba el fin de mis padecimientos.
Pero la esperanza me hacía soltar el arma. ¡Esperanza!; ¿en qué?, me preguntarás. Pues bien; sí, esperanza, no en Julia, sino en la Patria. Gracias al cielo, comenzaba a romper las tinieblas de mi alma algo parecido a un fulgor, cada vez más creciente. Era el amor a la libertad. En mis paseos solitarios por los alrededores de Taxco, en mis horas de silencio en mi casa, mezclados a los recuerdos de Julia, solían cruzar por mi mente pensamientos extraños y que me habían asaltado otras veces en mis tiempos de estudiante. Ya sabes que los alumnos de la escuela de Minería siempre fueron liberales. Yo había pensado muchas veces en el pueblo, en su opresión, en sus miserias; como yo era hijo de su seno, me identificaba con él en sus dolores y en sus odios. Pero el género de mis estudios, la juventud, las distracciones, me impedían dejar crecer estos pensamientos en mi espíritu y pronto los olvidaba.
Yo no sé por qué, en aquellos días de sufrimiento para mí, tales ideas se renovaron con una fuerza extraordinaria. Tal vez contribuyó a esto en mucha parte la circunstancia de hallarse entonces la guerra del Sur en todo su furor. Las tropas del dictador Santa Anna atravesaban frecuentemente por nuestro rumbo, y las noticias de la campaña nos ocupaban sin cesar.
Tal vez la situación especial de mi espíritu, que me hacía buscar en emociones fuertes el olvido de mis dolores íntimos, fue la verdadera causa, o, más bien, la esperanza, aunque remota, de abrirme paso a una posición mejor por medio de la gloria. Yo no sé; pero lo que al principio fue una vaga preocupación, después tomó creces y rivalizó en mi espíritu con el amor a Julia.
Como te he dicho, al cabo de dos meses me aburrí y dije al inglés que no podía continuar en la mina; que mi salud quebrantada me obligaba ir a México, y que tal vez no volvería.
El inglés lo sintió mucho; pero sospechando, quizá, que lo que me obligaba a salir de Taxco era verdaderamente mi pasión por la hermosa joven, me dejó partir. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com