Mala yerba (fragmento)Mariano Azuela

Mala yerba (fragmento)

"Gertrudis se aleja de las muchachas presa de inquietud y desasosiego. Bien se comprende lo que arriesga Mariana; se juega el todo por el todo. Su envidia a Marcela es clara. Pero ha cogido mal camino: para atrapar marido tiene ciertamente más mundo del que una mujer honrada ha menester. Así es que en vez de componer las cosas en su provecho las pone peor. ¡Ah, pero las mujeres son el vivo demonio! ¿Conque si de veras el consejo fuera resultando provechoso?
Llega al caserío de la peonada y no halla su campo. Se mete a su cuarto, un cuchitril del mesón de Juan Bermúdez, y tampoco encuentra qué hacer allí. Al mediodía no se acuerda siquiera de que no ha almorzado y sale a la puerta a cada instante a ver el cielo. ¡Nada, el sol no camina, parece que se ha clavado en el espacio! Y la diabólica idea no se quita de su pensamiento; ahí la siente como una estaca. Él, a la verdad, no está malo de eso de que Mariana pretende curarlo. ¡Qué capaz! ¿Enamorado él de Marcela? Ni ahora ni nunca. Marcela le gusta, Marcela le hace buen placer. Sí, es cierto que donde ella no está todo le parece solo, aburrido, triste. Pero es porque ha estado acordándose de Morency, cuando allá tan lejos se ponía a pensar tanto en ella: la chicuela que jugaba todo el día cuando iban a cuidar los becerros; la chiquilla que besó en la boca, quién sabe por qué, la víspera de su marcha a los Estados Unidos.
A efecto de distraer sus pensamientos sale al corral. Como todos los sábados, ese día hay gran movimiento de arrieros. Durante dos horas, bajo un diluvio de sol, se emborracha del olor penetrante de las cuadras apretadas de borricos, y en el trajín de descargar adormece sus inquietudes.
Al sol por fin le ha dado gana ya de descender. Pero un sordo trueno se alza tras la Mesa de San Pedro; luego otro ronco y sonoroso la hace retemblar. El morenciano mira con intenso desconsuelo una nube coronando la cresta de peñascos, una nube que va creciendo y ennegreciéndose rápidamente y que se toma espumosa e hirviente como el vaho de un cráter. En breve el horizonte se cubre de la arrumazón avasalladora; en el denso manto del vendaval todo se va borrando: casas blancas, la sierra azulosa, los campos floridos. Comienzan a caer gruesas gotas, por fin, que lo hacen meterse de nuevo en su cuarto.
Afuera zumba el viento huracanado y la lluvia atruena torrencial; dentro todo ha quedado bajo la calma y la paz de la resignación. "



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